Estoy escribiendo mi tercera novela. hoy me complace dejaros leer unaspocas páginas de la ptimera, ” Ahora me llamo Luana”. La podéis encontrar en Amazón.

Al llegar a su habitación Miguel se da cuenta de que es ya muy tarde para llamar a Arabella, se acuesta, y cuando se está quedando dormido leyendo su novela de Kurt Vonnegut, oye que alguien golpea suavemente la puerta. Abre, y ahí está Luisa; observa que ni siquiera se ha quitado aún el abrigo.

– ¿Puedo pasar?
– Claro, pasa.

Se coloca en el centro de la habitación. Nerviosa. Con una media sonrisa y la tez ligeramente sonrosada le dice, de corrido, como un recitado aprendido de memoria:
– Vengo a ofrecerme a ti, Miguel. Si me rechazas no me ofenderé, pero antes de decidirte has de saber que ni tomo pastillas antibaby ni quiero preservativos, que el ofrecimiento es para esta noche y sólo para esta noche, y que si me aceptas y trae consecuencias, que es lo que pretendo, tendrás todos los derechos y obligaciones como padre, pero absolutamente ninguna obligación ni derecho sobre mí.

En un segundo piensa Miguel:
1.- No quiero envejecer sin haber tenido un hijo.
2.- Con Arabella no es posible, obviamente.
3.- Luisa sería una madre excelente.
4.- Me he puesto caliente como una mona.

Se desprecia por ser tan analítico, se acerca a ella, le abre el abrigo – bajo él va completamente desnuda – la toma en brazos y la deposita suavemente sobre la cama.
A las seis de la mañana suena la alarma de su móvil. Miguel siempre duerme como un adolescente, desmayado, así que le cuesta algunos segundos saber dónde está y algunos más recordar lo de ayer noche. Tras una fugaz sensación de disgusto consigo mismo alarga el brazo en busca de Luisa. No la encuentra, siente alivio, abre la luz y ve un papel sobre la mesita de noche, escueto, pone simplemente, en trazos de gran tamaño: Gracias.
Marca el número de Arabella, supone que la despertará pero necesita hablar con ella.
– Amor, te habré despertado.
– Sabes que duermo poco, ¿cómo te va? Ayer noche no me llamaste.
– Acabé tarde.
– Te noto raro ¿Te pasa algo?
– No, no, ¿por qué?, nada, me acabo de despertar, eso es todo. Te necesito.
– ¿Qué pasó ayer noche amor, te acostaste con Luisa quizás?

Demonios, su intuición no tiene límites, piensa, va a ser verdad que es una bruja; ahora yo podría decirle una mentira y sería la primera de una serie interminable, pero no, no quiero que lo nuestro sea eso, nada de mentiras.
– Verás, ya te contaré, la cosa es más compleja.
– No te agobies, no tienes ninguna obligación conmigo, excepto no engañarme, no mentirme.
– ¿Nos vemos hoy y te cuento?
– Te prepararé una cena.
– Hoy es viernes, tras pasar un momento por la oficina podría ir directamente a tu casa, y si quieres puedo quedarme contigo todo el fin de semana.
– Ya veremos. De momento me visto, voy a trabajar, hago hueco para la peluquería y te espero.
– Y yo te voy a comer enterita y poco a poco.
– ¡Bueno! ¡Cómo estás! ¡Lo que hace el arrepentimiento!
– Arabella, yo sí quiero tener obligaciones contigo, todas.
– Y yo quisiera que las tuvieras… mientras no fueran una carga para ti, nada de cargas, nada de cadenas, nada de mentiras.
– Serían dulces cadenas.
– Venga, ven, ven, cuelga y ven, o no me va a dar tiempo de ir a la pelu, y, en cualquier caso, quiero estar guapa para ti.

—————–

Al día siguiente:

Bajando en el ascensor del hotel, Luisa se pregunta si la relación con Miguel va a seguir igual de fluida y agradable después de lo ocurrido. Por su parte sí, pero los hombres siempre se hacen un lío con esas cosas, lo sabe por experiencia. Vamos a ver cuáles serán sus primeras palabras, se dice, espero que no me decepcione, que no lo halle tenso, o que no salga por peteneras: no vaya a ser que me diga algo así como “Luisa, lo ocurrido ayer no quiere decir nada…” o “Lo de ayer fue increíble ¿verdad?…” Ahí está, veo que me ha pedido ya café y que me espera para empezar a desayunar. Eso me gusta.
– Buenos días Miguel.
– Hola Luisa, te pedí café, tostadas, mantequilla y mermelada para que no tuvieras que esperar. ¿Te va?
– Perfecto, mil gracias, necesitaba un café con urgencia.
– Luisa, esto… quería decirte…
– A ver…
– Preguntarte: ¿Estarás en tus días fértiles, no?
– ¡Fantástico Miguel! Eres un ángel. Tú nunca decepcionas.
– No entiendo nada.
– No importa. Sí, estoy en plenos días fértiles.
– Bieeeen. ¡Ojalá!
– ¡Gracias, sí, ojalá! ¡Guapo! Pero no pensemos más, a esperar y ver.
– A esperar y ver. Y a desayunar y salir, que no perdamos el vuelo.

En el avión de regreso, como siempre, volvieron a trabajar: estuvieron repasando el plan elaborado para recuperar la confianza de los inversores y de los clientes actuales y potenciales.
Luego Miguel le confiesa:
– ¿Sabes? Tengo a alguien.
– ¿Tienes – a – alguien? Quieres decir que tienes pareja.
– Sí, pero no es público, te lo cuento a ti pero es un secreto.
– ¿Un secreto? ¿Por qué? ¿Está casada? No será la esposa de un amigo…
– Bueno, más o menos, pero él no cuenta, no está. Vamos, están separados.
– Entonces no hay problema.
– Ya, pero de momento no es conveniente que se sepa.
– ¿Por tu ex?
– No, no…
– Misterio… ¿Tiene hijos?
– Si, uno.
– Pero vas en serio o…
– Totalmente en serio, si ella quisiera me casaba.
– Pues oye, si no llegases a tener tus propios niños, ese podría acabar siendo para ti como un hijo.
– No eso no, es que… en fin, un niño no es.
– ¿Es niña?
– Es… un hombre, Luisa, un hombre; creo que tiene treinta y ocho años.
– ¡Dios mío, Miguel, te has ligado a una abuela!
– Ríete ríete, pero si la conocieras… o mejor: cuando la veas lo vas a entender.
– ¿Pero qué edad tiene?
– Cincuenta y nueve.
– ¿Y has pensado que cuando ella tenga setenta años tú tendrás… cuarenta y cinco?
– Lo mismo me dijo ella.
– ¿Y qué le contestaste?
– Te contesto a ti: que por entonces la seguiré queriendo, cuidando y procurando que sea lo más feliz posible.
– Y por curiosidad ¿Qué le contestaste a ella?
– Te seguiré queriendo, me seguirás gustando y te seguiré follando.
– No se puede negar que si mi barriguita creciese mi hijo tendría un padre bien original. ¿Te sientes mal por ella por lo que hicimos? ¿Se lo vas a contar?
– Me sentí mal esta mañana al despertar, pero hablé con ella; creo que lo va a entender. Vamos, espero que lo entienda porque yo no estoy dispuesto a esconderle nada.
– Estás coladito, cariño.
– Mucho cachondeo, pero sí, colado estoy.
– Te quiero
– Y yo a ti.

Más tarde, ya en su despacho, Luisa estuvo revisando una serie de papeles que se le habían acumulado en la mesa. Eso la llevó algo más de una hora.
Retiró un poco la silla y descolgó el teléfono para llamar a su madre y quedar para el fin de semana. Mientras hablaba observó que del segundo cajón de su mesa sobresalía la esquina de un papel. En letras de molde, en una hoja DIN A4 sin membrete alguno, ponía:

ERES UNA PUTA PERO VE CON CUIDADO, SÉ DONDE VIVES

– ¡Dios mío!
– ¿Qué pasa tesoro?
– Nada mamá, me reclaman. Te llamo luego.

Buscó a Miguel pero no lo encontró, se había ido ya; luego llamó al Jefe de Seguridad y éste a la policía.

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