Ayer escribí este diálogo absurdo con final apasionado. ¡Os lo regalo!

LA MEDIA NARANJA

— Sí…
— ¿Cómo que sí?
— ¿Sí?
— ¿Sí, de qué?
— ¿Cómo dice?
— Usted ha dicho Sí.
— Sí.
— ¿Y por qué? Yo no le había preguntado nada.
— Pero usted me ha llamado, señor.
— No, señora, yo a usted no.
— ¿Usted no me ha llamado?
— No, a usted no la he llamado yo.
— Pues ¿a quién llama usted?
— A Charly.
— ¿A Charly?
— Sí, a Charly.
— ¿A qué Charly?
— A Charly Rives
— ¡Ah! Vale.
— ¿Y entonces?
— Y entonces, ¿qué?
— Pues eso.
— Pues eso ¿qué?
— Pues que se ponga.
— ¿Y cómo quiere usted que me ponga?
— ¿Usted?
— A ver…
— ¿Por qué me pregunta que cómo quiero que se ponga usted? Yo no…
— Usted me ha dicho que me ponga. ¿Qué me ponga cómo? ¿O que me ponga dónde? ¿O que me ponga qué? No le entiendo.
— Ay, señora, perdone usted por la confusión. Lo que yo quería decir es que se ponga…
— ¿Que me ponga qué?
— No, no, que se ponga usted no. Que se ponga Charly.
— ¿Qué se ponga cómo?
— ¿Quién?
— Charly. ¿Cómo quiere que se ponga?
— Como le de la gana, pero que se ponga, si no le es a usted molestia.
— Ah…
— Espero pues.
— ¿Qué espera usted?
— Que me pase usted a Charly Rives.
— ¿Charly Rives?
— Claro.
— Pero aquí no vive Charly Rives.
— ¿Pues qué Charly vive ahí?
— ¿Aquí?
— Sí. ¿Cómo se apellida el Charly que vive ahí?
— ¿Aquí?
— Sí.
— Aquí no vive ningún Charly, señor.
— Entonces por qué me preguntó: ¿Qué Charly?
— ¿Yo?
— Pues claro ¿quién va a ser?
— Es usted que ha preguntado por Charly, señor.
— Claro. Y usted me ha contestado: ¿Qué Charly?
— Y usted me ha dicho que Charly Rives.
— ¿Lo ve?
— ¿Qué es lo que veo?
— Que usted me ha preguntado que qué Charly, señora.
— Ya. Y usted me ha dicho que Charly Rives.
— ¡Ay Dios mío, qué lío…!
— ¿Es usted religioso?
— ¿Por qué me lo pregunta?
— Cómo ha nombrado a Dios…
— ¿Yo? ¿Cuándo?
— Hace un momento.
— Pues no me he dado cuenta.
— Yo también.
— Usted también ¿qué?
— Yo también soy religiosa. No entiendo que la genta sea tan…
— ¿Tan qué?
— Pues eso. Que no entiendo que se pueda vivir sin Dios.
— Sí. Lo mismo le dije yo a Charly.
— ¿A Charly Rives?
— Claro. ¿Está ahí?
— Ya le dije que no.
— ¿Ha salido?
— Ni idea.
— ¿Cómo que no va sabe si ha salido o no? ¿Tan grande es la casa?
— ¿Mi casa? No está nada mal. Ya quisieran muchos…
— ¿Qué es lo que quisieran muchos?
— Pues tener una casa como la mía. Ya quisieran muchos.
— ¿Cómo es?
— ¡Ah! Pues mire: tiene tres dormitorios dobles, grandes, y dos baños muy completos, muy muy completos, ya lo creo.
— ¿Y la cocina?
— ¿La cocina?
— Sí, la cocina.
— La cocina está entrando a la izquierda, al lado del comedor, eso es muy práctico.
— Sí, para servir.
— Eso. Mi amiga Juana, por ejemplo, tiene la cocina al otro lado de la casa y se da unas caminatas con la sopera llena, la pobre…
— Ya. Y lo peligroso que es eso. ¿Verdad?
— ¿Peligroso?
— Claro. Sobre todo si hay niños correteando por el pasillo.
— Pero Juana no tiene niños…
— Qué pena. Los niños son la alegría de la vida.
— Y que usted lo diga. ¿Tiene usted hijos?
— Qué va. Soy soltero. Pero soy el padrino de Lupita.
— ¿Lupita?
— Sí, Lupita, la sobrina de Charly. Es que soy íntimo amigo de su hermano.
— ¿De mi hermano?
— ¿De su hermano? Si yo a usted no…
— ¡Ah, claro! Qué tonta. Del hermano de Lupita.
— ¡No, no! Del hermano de Charly.
— ¿De Charly González?
— ¿Quién es Charly González? ¿El que vive con usted?
— ¿Charly? No. ¿Por qué iba a vivir conmigo? Conmigo viven mi esposo Jose y mi hijo Venceslao. Porque los otros tres, Pepe, Juan y Pedro ya se independizaron.
— ¿Pepe, Juan, Pedro y Venceslao? ¿Y por qué Venceslao?
— Porque es mi hijo pequeño. Tiene 16 años. ¿Dónde va a vivir si no, el pobre?
— No, si lo que yo digo es que ¿por qué se llama Venceslao?
— ¡Ah! Pues porque así le pusimos cuando lo bautizamos, Venceslao.
— Ya, ya imagino, ¿pero por qué ese nombre?
— ¿Y por qué no?
— Como los otros se llamaban Pepe, Juan y Pedro…
— Ya, pero había que buscar otro nombre, no podíamos repetir. Vaya lío habría sido. ¿No le parece?
— Sí, sí, si eso lo entiendo. Pero Venceslao, un nombre tan…
— No le gusta Venceslao, ya veo. Pero puede usted llamarlo Vence, si lo prefiere. A él no le importará, estoy segura, es de muy buen conformar el niño.
— No, si yo, por mí no…
— Sí, sí, no se preocupe, si ya hay algún otro que prefiere llamarlo Vence, no será usted el primero. ¿Y usted cómo se llama?, por cierto.
— Ernesto, para servirla.
— Vaya apellido más original.
— ¿Cuál?
— Paraservirla. Ha dicho que se llama Ernesto Paraservirla ¿no?
— Vaya idea. Me llamo Ernesto Sánchez, para servirla.
— ¡Ah! Paraservirla es el apellido materno. Pues hace bien en usarlo, porque Sánchez la verdad…
— Sí… Sánchez no es muy… ¿Y qué puedo hacer?, los apellidos no se eligen. Pero Venceslao, la verdad…
— Sí, si algo de razón lleva usted… pero ahora ya no lo puedo cambiar; además, si bien se mira, hay nombres peores.
— Por ejemplo…
— No sé…
— ¿Y usted cómo se llama?
— ¿Yo?, Alicia.
— Como la del cuento.
— ¿Qué cuento?
— Cuente lo que quiera.
— Pues un chiste. Yo no sé muchos, pero este lo contó mi marido el otro día y es muy gracioso, todos se rieron. Si quiere se lo cuento.
— Pues sí. Con mucho gusto.
— Bueno, con mucho gusto, no sé. Yo se lo cuento y usted decide si le parece que lo hago con gusto o no.
— Seguro que me parecerá estupendo.
— ¿El qué, el chiste?
— Y su forma de contarlo.
— ¡Dios lo quiera! Bueno, yo por probar, pruebo. A ver : Uno le dice a una Soy tu media naranja. Y ella le contesta Qué bien, tengo una media que habla. Y él le contesta Y con dos carreras.
— No lo pillo.
— Sí hombre. Uno le dice a una Soy tu media naranja. Y ella le dice Qué bien tengo una media que habla. Y él le dice a ella Y con dos carreras.
— Pero, ¿por qué naranja? ¿Por qué la media tenía que ser de color naranja?
— Eso no lo sé. Si quiere se lo pregunto a mi marido cuando llegue y luego le llamo a usted y se lo cuento.
— ¿Tardará mucho en llegar su marido?
— No, en general tarda poco. Sale de la plaza de Mayo, coge Gran Vía hasta paseo de las Acacias, luego en llegando a la plaza de la Villa tuerce a la izquierda por la calle… no recuerdo ahora…
— Será la calle Prim.
— No, la otra, la de la derecha.
— ¡Ah sí!, espere, espere que lo sé… ¡Príncipe de Asturias!
— ¡Exacto! ¡Muy bien, sí señor! Y allí a coge un taxi.
— ¿Allí? ¿Y por qué no lo coge en la plaza de Mayo?
— ¿El qué?
— El taxi. ¿Por qué no lo coge en la misma plaza de Mayo? Ahí hay una parada.
— No lo sé, no se lo he preguntado nunca, pero si quiere se lo pregunto también, de su parte. Y luego le llamo con las dos respuestas.
— Bueno, si no es molestia… solo por curiosidad, ¿sabe?
— No hay problema. A mí me gusta preguntar.
— ¿Ah sí?, pues si quiere preguntarme algo a mí…
— ¿No le importa?
— Que va. Pregunte, pregunte. A mí me encanta que me pregunten.
— ¡Oh, qué suerte!, porque a mí me encanta preguntar. Con mi marido me paso el día preguntándole cosas.
— Pues ande, pregúnteme algo, lo que quiera.
— Muy bien. A ver qué le pregunto… ¡Ya sé! ¿Qué tal está usted?
— Bien, gracias. Voy mejorando.
— ¿Estaba usted malo?
— ¿Quién yo? No. ¿Por qué lo dice?
— Como dice que va mejorando…
— Sí, poco a poco.
— Yo en cambio, no mejoro.
— ¿Está enferma?
— No, que va, estoy estupendamente.
— ¡Ah claro!, por eso será que no mejora, digo yo.
— ¿Puedo preguntarle algo más?
— Sí, sí, pregunte, pregunte. Pregunte usted todo lo que quiera.
— ¿Por qué no se ha casado?
— Es que de joven no pensaba en eso. Y ahora… ya me gustaría, ya, ya me gustaría.
— ¿No tiene usted novia?
— No. Tenía, pero me dejó.
— ¿Y por qué?
— Dijo que no me entendía.
— Vaya tontería. Sería una excusa. Yo le entiendo a usted perfectamente. ¿Era extranjera o qué?
— No que va. Era de aquí. Dijo que siempre me enrollaba y que la acababa mareando.
— Hay mujeres muy raras, si quiere que le diga la verdad.
— Eso pienso yo, pero ella decía que el raro era yo.
— Esa chica no le convenía. No se amargue por ella. Encontrará otra más normal.
— ¿Dónde?
— En la calle, por ejemplo. Ahí acostumbra a haber muchas.
— Sí, pero caminan muy deprisa.
— Ya… ¡Pero hay semáforos! Se pone usted en el paso de peatones y espera a que se ponga rojo. Ahí se pararán todas, ya verá.
— No es mala idea.
— Pruébelo y luego me cuenta. A ver si en un par de días tiene usted ya otra novia.
— Les diré que ha sido idea suya.
— Bien.
— Les diré: Me ha dicho Alicia que espere aquí, a ver si me caso. Ojalá encontrara a alguien como usted, Alicia. Usted sí que me comprende.
— Y usted a mí, y usted a mí, Ernesto. Mucho más que mi marido, ¿sabe? ¡Uy! Oigo la llave en la puerta. Será él que llega.
— Bueno, pues adiós. Llámeme con las respuestas.
— No, no cuelgue, Ernesto, no cuelgue. Si se espera un minuto le hago la pregunta ahora mismo y le cuento a usted la respuesta.
— Muy bien. Yo no tengo prisa.
— Hasta hora, pues, Ernesto.
— Hasta ahora, pues, Alicia.

………………….
…………………
…………………

— Hola, hola, ¿sigue usted ahí, Ernesto?
— Sí. ¿Ha hablado ya con su marido, Alicia?
— Sí sí, y ya le tengo la respuesta.
— Y qué, qué…
— Pues me ha dicho que no coge el taxi en la plaza de Mayo porque no le da la santa gana.
— Ah claro, si no le da la santa gana…
— Sí, es que es muy suyo él.
— Ya veo ya… ¿y de lo otro?
— ¿Lo otro? ¿Qué era lo otro?
— Lo del chiste. Que por qué la media tenía que ser de color naranja.
— Ay sí, qué despiste, me había olvidado de eso. Voy a preguntarle.

………….………
…….……………
…………………

— Hola, Ernesto. ¿Sigue usted ahí?
— Sí. ¿Qué ha dicho?
— Me ha dejado preocupada. Creo que tiene problemas graves y no me los quiere contar.
— ¿Por qué lo cree usted, Alicia?
— Se ha puesto a rezar.
— ¿A rezar?
— Si, a invocar a Dios. Y eso que él no…
— ¿Y que le decía?
— Decía: Ay Dios mío, Dios mío, pero ¿qué he hecho yo para merecer este castigo, Dios mío?
— Pues sí que parece algo grave. ¿Por qué no le pregunta?
— ¿Y qué le pregunto?
— Pregúntele que a qué castigo se refiere.
— Ah, claro. Voy.

….………
…………
…………

— Ernesto. ¿Sigue usted ahí?
— Sí, sí, Alicia. Esperándola.
— ¡Ay qué bueno es usted, Ernesto! Si todos los hombre fueran como usted…
— Y usted Alicia, usted sí que es buena; más que buena, buenísima. ¿Qué le ha contestado su marido?
— No me lo ha querido contar, pero ha de ser algo realmente grave.
— ¿Por qué, qué ha dicho?
— Ha dicho: Esto es horrible, es espantoso no puedo más no puedo más. Y lo ha dicho chillando, y se ha puesto colorado como un tomate y ha arrojado contra la pared el vaso de agua que estaba bebiendo. Me da mucha pena.
— Debe de ser terrible. Pues yo, fíjese, si estuviera casado con usted sería tan feliz que nada ni nadie me iba a hacer sentir desgraciado.
— No diga eso por favor Ernesto, que me ruborizo…
— Es que es usted maravillosa, Alicia
— Y usted también. ¿Qué edad tiene usted, Ernesto?
— Cincuenta y cinco años, Alicia.
— ¡Oh!, igualito que yo. Yo soy virgo. ¿Usted de qué signo es, Ernesto?
— ¡Pues Virgo, igual que usted, Alicia! Nací el 30 de agosto.
— ¡¡No me lo puedo creer!! Yo también nací el 30 de agosto. A las cuatro de la madrugada.
— ¡¡¡Yo también Alicia, querida, nací a las cuatro en punto de la madrugada!!! ¡Nacimos en el mismo instante! ¿Se da cuenta?
— ¡Sí, Ernesto, querido, en el mismo instante!
— Estamos hechos el uno para el otro, Alicia. La amo.
— ¡Oh Dios mío! Y yo a usted. Pero no tengo derecho, y menos ahora que mi marido tiene tantos problemas…
— Es cierto, no debemos de ser tan egoístas. Hay que saber qué es lo que le ocurre al pobre hombre.
— Voy a preguntarle. Le diré: Jose, cariño, por qué has tirado el vaso de agua y por qué te has puesto rojo. ¿Le parece a usted bien, Ernesto?
— Sí, ve. Ve, Alicia, amor mío.

…………………………
…………………………
…………………………

— Ernesto, cariño, ¿sigues ahí?
— Claro que sí Alicia, amor. ¿Qué te ha dicho?
— Me preocupa cada vez más. Me ha dicho que a la próxima pregunta que le haga se va a ir a ver a un abogado.
— ¿Y para qué va a ir a ver a un abogado?
— No lo sé. ¿Se lo pregunto?
— Claro, Alicia, querida, hay que aclarar este misterio.

…………………………
…………………………
…………………………

— Ernesto, cariño, ¡me ha abandonado! Me ha dicho: ¡Para divorciarme de ti, que no soporto ni un minuto más tus preguntas! Y se ha marchado dando un portazo. Es horrible, ¿no? Es espantoso, increíble. Después de tantos años…
— ¡Qué va! ¡Todo lo contrario! ¿No te das cuenta, Alicia? Os vais a divorciar. ¡Somos libres! ¡Podremos amarnos a la luz del sol!
— ¡Oh!, es verdad. No había caído: si se divorcia él también me divorcio yo, ¿verdad, amor mío?
— Claro que sí. Y te casarás conmigo. Voy a tus brazos ahora mismo, Alicia de mi vida.
— Sí, ven Ernesto, adorado. Ven a mis brazos.
— Voy volando. ¿Dónde vives, Alicia mía?
— En la calle de las Nieves, amor.
— ¡Yo también! Yo en el 333 ¿Y tú?
— ¡Yo también! ¡Es increíble!
— ¡Increíble del todo! ¿En qué piso vives?
— En el tercero.
— No serás la del tercero C, esa señora tan guapa…
— Esa soy yo, la del tercero C y tú no serás el del segundo…
— Sí, el del segundo C.
— ¡Oh! ¡¿Ese eres tú?! ¡Me gustas mucho, Ernesto! Siempre me has gustado. Te adoro. Ábreme la puerta que bajo y me lanzo a tus brazos.
— Si amor de mi vida, ven corriendo, y en cuanto podamos nos casamos.
— Sí, cuanto antes, mi vida. Ya no hace falta que busques en los semáforos.
— Corre, corre, ven, que estoy en mi puerta, esperándote.
— Ya corro, ya corro… ¡Oh! Ya te veo, ya te veo, pasión de mi vida.
— ¡¡Au!! ¡Qué golpe, amor!…, pero… qué piel tan suave… mmm… y qué labios tan dulces… ¡Oh, Alicia…!
— Mmmm… ¿Te gusto amor?
— ¡Sí! Mmmm.
— Mmmm ¿Te gusto mucho?
— ¡Sí! Mmmm.
— Mmmm ¿Me quieres?
— ¡Sí! Mmmm.
— Mmmm ¿Será para siempre, verdad mi vida?
— ¡Sí! Mmmm.
— Mmmm ¿Entramos y…?
— ¡Sí! Mmmm.
— Mmmm ¿Dónde está tu dormitorio, vida mía?
— ¡Allí! Mmmm.
— Mmmm ¿Nos desnudamos?
— ¡Sí! Mmmm.
— Mmmm ¿Te gusta que te pregunte, verdad, amor?
— ¡Oh síiiiiiiiii! Mmcnta. Mmmm.

TELÓN

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