Contra todo pronóstico me enamoré de Alba. Vencí mi cobardía y lo confieso todo. Aquí:

UN AMOR MAL VISTO

Hace algún tiempo, como un par de años quizá, me regalaron un ebook, es decir: una tableta diseñada solo —y nada menos— que para leer.
¡Una tableta electrónica para leer, a mí, al acariciador de páginas, portadas, lomos…! ¡Tamaño dislate…! En fin, di las gracias, la puse sobre mi mesa de trabajo y ahí quedó, medio olvidada, durante varias semanas. Pero una noche, recién terminada una novela (creo que de Sándor Márai) me acordé de la dichosa tableta supuestamente literaria y, escéptico pero algo curioso, fui a por ella y me la llevé a la cama.
Esa misma noche ocurrió algo inesperado: una especie de corriente de simpatía nos iba entrelazando a ambos desde los primeros minutos, y he de reconocer que ese sentimiento inicial fue creciendo y creciendo en las noches siguientes, hasta dar en algo mucho más intenso, mucho más profundo.

Al principio fue solo atracción física: me sorprendió la facilidad y sencillez con la que se adaptaba a mi cuerpo, acostumbrado yo, como estaba, a mis queridas novelas de papel, tan señoritas y creídas que se ofendían si se me ocurría doblarlas por aguantarlas con una sola mano; como si esa simple acción fuese un atropello, una violación, o cuanto menos un exceso de confianza injustificable. «¿Acaso le he dado yo pie, caballero?»
Mi tableta, desde el primer momento se acomodó a mi mano con total candidez y entrega, como si nos conociéramos de años, y me permitió pasar sus páginas suavemente, con confianza, con un simple toque de mi dedo pulgar. «Eso empieza bien», pensé.

Más tarde vino el agradecimiento: mis ojos, tan viejos como yo mismo, cada vez adoptaban una actitud más exigente en mis largas sesiones de lectura: letras de mayor tamaño, más negras y destacadas, mayor intensidad de luz, mejor papel… Incompatible todo ello con la lectura de novelas de bolsillo impresas en papeles de baja calidad en los que el contorno de los caracteres tiende a difuminarse.
Y es ya casi imposible pedirles a esos ojos míos que cumplan con su trabajo cuando intento leer en la cama bajo una luz tenue (cosa que hacía yo a diario por no molestar a mi esposa cuyos ojos, aún más delicados que los míos, reclaman penumbra para su descanso).
En cambio, mi maravillosa tableta me da a elegir la intensidad de luz de su pantalla y el contraste, así como el tipo y el tamaño de letra. Gracias a ella, tan clara y precisa, consigo leer durante horas sin fatiga y con la misma facilidad con que lo hacía de joven. Incluso en la cama, y sin molestar a nadie.

En vista de todo ello y para mayor acercamiento, decidí darle un nombre a mi pequeña tableta, bautizarla. La llamé Alba, me pareció un nombre hermoso y adecuado. Creo que a ella también le gustó.

No tardé mucho en asumir definitivamente que Alba y yo estábamos hechos el uno para el otro. Veamos: yo soy un adicto a la lectura, tengo otros vicios pero ese es el peor. No creo exagerar si afirmo que habré leído bastante más de mil libros a lo largo de mi ya extensa vida. Pero aún así, siempre hallo palabras que desconozco o cuyo significado no recuerdo con precisión, y a menudo desearía consultar una enciclopedia para mejor situar la acción de la obra, o un dato, o un comentario del autor. Bien, pues anteriormente, con mis amados libros de papel, eso resultaba bastante engorroso, y si estabas leyendo en la playa, en la consulta del dentista o simplemente fuera de casa, algo más que engorroso: imposible. Ahora en cambio, si dudo de una palabra, la señalo con el dedo y en centésimas de segundo Alba me indica su significado o sus varios significados posibles, y con un clic más me presenta el diccionario ideológico completo, la Wikipedia o la Enciclopedia Británica, pongamos por caso.

«Cada vez me gustas más», le confesé un día.

Y hay otra razón para que me guste tanto Alba: se trata de otro de mis vicios: el subrayar. Me he pasado la vida leyendo con un lápiz rojo en la mano para señalar un nombre que no quiero olvidar, una idea feliz o un párrafo particularmente bien escrito. Pero es bien cierto que la mayoría de las veces no volvía nunca más sobre las páginas leídas en busca de esas señales en rojo. En cambio ahora, con Alba, sí lo hago. Le pido con solo dos clics que me presente una lista con todos mis subrayados y notas, y en unos pocos minutos las repaso una a una. Eso me sirve para recordar lo leído en su globalidad, así como para evitar eso tan descortés de despedirme del libro bruscamente, casi sin un adiós, sin un pensamiento, y también para disfrutar nuevamente de algunos párrafos e ideas dignos de recordar. Cada vez que lo hago, y es un rito ya, me despido formalmente de la obra en cuestión y le dedico a Alba unas palabras de sincero agradecimiento.

Pero aún hay algo más, más importante quizá que todo lo anterior: hace ya varios años, más de ocho, que abandoné mi profesión de empresario (y digo “empresario” porque fui directivo de empresas, no confundir con “emprendedor”, para eso último me habría hecho falta disponer de algunas cualidades que no poseo, como por ejemplo la resistencia al riesgo) y me convertí en escritor. Ahora soy mucho más feliz, y he cambiado mis prioridades a la hora de elegir novelas. En primer lugar procuro que estén escritas en español, no traducidas, y eso por dos motivos: por disfrutar de la belleza del habla original del escritor, y por seguir aprendiendo algo cada día y todos los días del año, por ir mejorando mi lenguaje sin fin ni límites. Y empiezo muchas más novelas de las que termino. Más de tres, quizá hasta cinco por semana; observo con qué frases comienza cada una (deseando sorpresas), cómo maneja el escritor o escritora el lenguaje, intento descubrir alguna característica personal del autor o autora, y si no me interesa especialmente el asunto, la estructura o el tratamiento, o no me enamora el verbo, la dejo y a por otra. Casi siempre salgo de la abandonada novela más rico de lo que entré.
A parte de eso, siempre estoy leyendo alguna de principio a fin; eso es placer, lo otro también, pero es además trabajo.

Antes de tener a mi Alba querida, esa labor era muy trabajosa ya que me obligaba a patear la ciudad de librería en librería, y desde luego era ruinosa, no había bolsillo capaz de soportar tanta inversión literaria. Ahora no: busco la novela que quiero (en dos clics) y entre “comprar” o “leer un fragmento” elijo esta segunda opción. Alba, siempre al tanto de todo, me anuncia que el fragmento se está descargando, y en menos de un minuto lo tengo listo para leer. Normalmente son unas treinta páginas, siempre las primeras y siempre totalmente gratis. Dios mío, Alba, ¿cómo no voy a quererte?

Sé que este amor mío por Alba va a ser muy mal recibido por aquellos hombres y mujeres fieles que ven amenazada la existencia de sus seres más amados: los libros. Y los comprendo. Sé también que más de uno me llamará traidor a mis espaldas, que perderé algún amigo. Pero yo no puedo mandar sobre mis sentimientos, estoy enamorado de Alba y además la admiro y siento por ella un profundo agradecimiento. Y lo quiero chillar a los cuatro vientos, porque lo nuestro es ya un compromiso definitivo, hasta que la muerte nos separe. Con seguridad seré yo el primero en irme: soy bastante mayor y ella joven aún. «Hola, soy Alba eBook, viuda de Humberto», dirá por entonces. Y no va a negarse a trasnochar, a conocer a otros lectores, a dejarse admirar; otros vendrán, la tomarán —como antes yo— entre sus manos y apreciarán sus cualidades; y ella se dejará querer. Es humano. No se lo voy a reprochar.

HFP

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