LOCO POR LA MUJER FRÍGIDA

El cielo está gris, no sé si son nubes bajas o es niebla, pero pesa, me pesa el día en esta casa del bosque. Apenas puedo ver los árboles más próximos, todo está húmedo… me cuesta respirar ese aire tan denso.

Días atrás, junto a Ella, en el mar, con un sol resplandeciente… y hoy aquí, solo, en este tétrico paraje. Ayer la tenía, hoy no. Ya no. Se ha descubierto el pastel, todos los diarios del país hablan de mí: de las cuentas en Suiza, los acuerdos con tantos políticos clave, la doble contabilidad… todo, o casi todo. He pasado diez horas en los juzgados contestando una y otra vez las mismas preguntas. No me he molestado en defenderme, no he proclamado inocencia alguna, para qué: acabarán obteniendo todas las pruebas. Devolveré millones de euros, pasaré una temporada entre rejas y saldré de ésta pobre, aunque no honrado. Honrado ya nunca más. Y sabré volver a elevarme por encima de los otros, fuera: quizá en Venezuela, quizá en Costa Rica. Siempre he querido vivir en Costa Rica.

Nada de eso me agobia demasiado. Es Ella, Ella sí.

No me importaba que no me quisiera, me bastaba con tenerla a mi lado. Y ahora sé que nunca voy a recuperarla: Ella jamás da un paso atrás. Tampoco es mujer paciente, ya se ha visto, ni siquiera ha esperado a que emitieran sentencia, a que me declarasen culpable. Añoro su boca, sus dientes, su pequeña lengua. Necesito su mirada dura, irónica, superior. No sé cómo seguir viviendo sin notar sus pechos en mi tórax al abrazarla, sin rozar mi cuerpo ya mayor, fofo, con el suyo joven, vigoroso, espontáneo, voluptuoso, reptil.

Todo lo que he hecho, todo de lo que se me acusa lo hice por Ella, para darle mil caprichos, para regalarle Marabierto -el inmenso yate-, para llevarla de viaje por todo el planeta; en suma: para retenerla junto a mí.

Es lo más opuesto a mi exmujer. Mi ex era una persona leal, solidaria, inquieta, gran lectora y melómana; mientras que Ella vive solo para gustar, causar admiración y envidia, destacar como la más bella entre todas las demás. Se pasa horas y horas cuidando su tez, su pelo, su piel, sus manos, sus pies… dejándose masajear por las más expertas manos con todo tipo de algas y potingues; haciendo gimnasia, yoga, natación. Pero todo eso no me apartaba de Ella, al contrario: me sentía un dios cuando la llevaba a mi lado, cuando cenábamos en los mejores y más caros restaurantes, donde todos los hombres la miraban con deseo y las mujeres con envidia, rabia e inconfesable admiración.

Al hacer el amor apenas me dejaba tocarla, temía que la despeinara o que pudiera dejarle alguna señal en su inmaculada piel. Ella no mostraba pasión alguna, se dejaba querer, me prestaba su cuerpo bajo un conjunto de condiciones que yo debía respetar, y respetaba con gusto: era hacer el amor a una diosa. No me habría parecido adecuado ni me habría gustado que se comportara de otra forma, que descendiera a mostrar deseos o pasión, que me permitiera tratarla como a otra mujer cualquiera.

Me llamó el presidente del banco. Ella estaba en su despacho y pretendía retirar todo el dinero de nuestra cuenta. Le ordené que se lo diera, que realizara además los valores más líquidos y le entregara también el importe de los mismos. Todo con la mayor celerdidad, antes de que llegara una orden de embargo.

No soportaría verla arruinada, frecuentando hoteles baratos, vestida sencilla, como cualquier otra. No, ella no, jamás. Ella ha de seguir siendo una reina y mi dinero se lo va a permitir, al menos hasta que encuentre a otro hombre que siga dándole la vida que merece.

Otro, sí: yo he caído muy bajo, ya no la merezco. Es la ley no escrita, la ley de los seres divinos que están por encima de todos nosotros.

He pensado en el suicidio pero no, no voy a quitarme la vida. Mientras Ella esté en este mundo yo no pienso dejarlo, he de habitar el planeta que Ella habite aunque jamás la vuelva a ver: algún átomo del aire respirado por Ella quizá entre en mis pulmones, alguna foto en alguna revista quizá llegue a mis manos; no, no abandonaré este mundo mientras exista la más remota posibilidad de encontrármela un día, de verla aunque sea de lejos.

Llaman a la puerta, sé quién es: es la guardia civil, la estaba esperando. Os he de dejar. Solo un consejo antes: no os enamoréis nunca de una diosa frívola y frígida, pues ya después cualquier mujer os iba a parecer vulgar, banal, insulsa: de este mundo.

HFP

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