¿A SU IMAGEN Y SEMEJANZA? ¡ANDA YA!!

 

He visto que los nudibranquios —unos estéticos animales marinos— son hermafroditas, y al copular, cada uno fecunda al otro y es a su vez fecundado. Entre los nudibranquios pues, no hay seres femeninos ni masculinos, y también se lo pasan pipa.
Si el buen Dios nos hubiera hecho así, no cabría entre nosotros discriminación alguna por razón de sexo, no habría sido necesaria la lucha de la mujer ni de los homosexuales por la igualdad, no habría violencia de género ni homofóbica. Nos ahorraríamos muchas incomprensiones e injusticias, y horribles crímenes como el de Orlando.
Y no es que no se le ocurriera la idea, al buen Dios: los nudibranquios fueron creados mucho antes que nosotros.
Luego tiene el santo rostro de decirnos que nos hizo a su imagen y semejanza, ¡como si hubiera algún Dios del otro género en su cielo!
También la existencia de la medusa dorada me ha hecho pensar. La medusa dorada no tiene enemigos porque no es comestible. Tampoco tiene que agotarse cazando a otros animales ni buscando vegetales para su alimentación porque cultiva en su interior unas larvas que transforman la energía del sol en alimento para ellas. Llevan una vida regalada, no necesitan de nada, ni armas ni velocidad ni dinero.
El buen Dios podría habernos concedido esas habilidades ¿no? De haberlo hecho no existiría violencia entre nosotros, desaparecería la pobreza, el tiburón financiero, las guerras, los holocaustos… ¡Vaya cambio!
¡Ah!, pero Él no se harta de decir que somos su criatura preferida, la elegida para convivir en su paraíso por el resto de la eternidad. Pues, la verdad…
Nos hizo sabrosones, víctimas propiciatorias de infinidad de depredadores. Y nos obligó a cazar para sobrevivir. Sin embargo nos puso unas piernas menos veloces, mucho menos, que las de nuestros enemigos, esos que se nos quieren comer; y nos concedió unas armas para cazar y defendernos francamente pobres: con unos dientes incomparables a los de la mayoría de nuestros depredadores, careciendo de esos peligrosos cuernos que sí les facilitó a muchos herbívoros, y sin esos prácticos cascos que a otros les permiten correr por cualquier terreno sin lastimarse los pies.
Pues vaya, gracias. ¿A qué jugaba? Y lo mejor es nuevamente su insistencia en afirmar que nos hizo a su imagen y semejanza. Claro, como que a Él se lo quieren comer cientos de animales hambrientos y se pasa la vida agotándose en busca de alimento. Vaya rostro. Nada que ver lo que dice con la realidad de la calle. Si fuera ciudadano de esta piel de toro ya sé yo a quién votaría, nuestro Dios.
En fin, el mal esta hecho, nada que hacer ya. En cuanto a mí, voy a tener que dejar de ver Natural Geografic o me acabaré pasando definitivamente al otro bando, que cada día entiendo mejor a Lucifer, el ángel rebelde. Quizá el creador se portó con ellos como con nosotros, si no peor. Quién sabe cuál sería su lista de quejas, sus razones para la indignación.

Mi nieta Luana promete.

MI FAMILIA Y LAS CABRAS

 

Cuento infantil escrito por: LUANA Y BETO

Sobre un argumento ideado por: LUANA ROJO

 

Mis abuelitos Beto y Aba viven en la Sierra de Tramontana, en una casa grande, donde cabemos todos: ellos dos, mis padres, mi hermanita Lola, mi tía Lucía (Tillú), mi primo Frens, mi primo Iggy y yo.

 

A todos nos gusta mucho jugar en el jardín y en el bosque de esa casa, y también bañarnos en la piscina. Pero ellos, mis abuelos, no siempre están ahí: el invierno lo pasan en Madrid porque a Beto, cuando hace frío, la humedad se le mete en los huesos. No sé cómo le puede llegar la humedad hasta los huesos pero si él lo dice será verdad.

 

Solo están aquí, en Mallorca, los meses que hace buen tiempo.

 

El jardín está lleno de flores: bugambilias, bignonias, adelfas, jazmines, plumbagos… (todos estos nombres me los ha enseñado Aba), y árboles: antorchasis, algarrobos, palmeras, almendros, limoneros… y también hay muchas plantas y hierbas que usa ella en la cocina.

 

Y lo que no es jardín es monte y está lleno de pinos, muchos pinos.

 

También hay gatos, aunque no son nuestros, vienen de visita, y de vez en cuando entra en el jardín alguna cabra salvaje.

 

A mí me gustan mucho las flores y los animales (los buenos, porque los peligrosos como las serpientes venenosas, o los que pican como los mosquitos y las avispas no me gustan nada). Las cabras siempre me cayeron bien, son muy simpáticas y no muerden ni nada y dan unos saltos enormes.

 

Pero mis abuelos tenían por entonces, cuando ocurrió esta historia que voy a contar, un problema con esas cabras salvajes que tanto abundan aquí en Mallorca. Beto decía que son dañinas porque se comen los arbolitos cuando son muy pequeños, cuando apenas tienen unos pocos centímetros de alto, y que por eso los bosques de la isla estaban envejeciendo.

 

Yo sabía que las personas envejecían pero nunca había pensado en que los bosques también podían hacerlo.

 

Pero era mi abuela Aba quien les tenía declarada la guerra, porque de vez en cuando entraban en el jardín, se le comían todas las flores y las plantas y lo dejaban desplumado y hecho una pena.

 

Con lo que me cuesta que esté bonito —decía—, y vienen las dichosas cabras y en unas horas acaban con él.

 

Para evitarlo, mis abuelos instalaron unas tiras entre el jardín y el bosque, las llamaban pastor eléctrico y todos sabíamos que no había que tocarlas porque daban calambre. Ellos al principio estaban muy contentos porque creían que las cabras, al acerarse y notar que les picaba, no iban a volver más por aquí, pero no funcionó. Se quedaban detrás de las tiras del pastor eléctrico, como pensando: Quiero pasar pero eso pica, quiero pasar pero eso pica, no sé qué hacer, no sé qué hacer. Y de repente se alejaban un poco y ¡plas!, se tiraban contra las cuerdas y las rompían. Son muy valientes, seguro que les hacía daño, pero debían pensar: Es mejor sufrir un poco y poder comerse esas flores tan bonitas y beberse el agüita de la fuente, que pasar sed en el bosque.

 

Total, que las cabras siguieron entrando, y la verdad es que era divertido: de repente mi abuela chillaba: ¡Cachis otra vez las dichosas cabras, Beto ven, ven, ayúdame a echarlas fuera! Y Beto: ¡Ayuda, ayuda, venid todos, chicos, chicas! Y todos corríamos tras ellas para empujarlas montaña arriba.

 

Hay que ver: nosotros no les teníamos miedo, pero, cuando nos oían chillar, ellas sí se asustaban y daban unos saltos altísimos. Pobrecitas.

 

Un amigo de mi abuelo, un señor muy viejecito, dijo que habría que agarrar una, atarla con una cuerda, dejarla una semana sin agua ni comida y luego soltarla. Él pensaba que así escarmentaría, se lo contaría a las demás y ya ninguna se atrevería a volver por aquí. La verdad es que ese hombre no me caía nada bien, y si hubieran hecho esa barbaridad, yo, a escondidas, le habría dado agua y hierba a la pobre cabrita. Pero no hizo falta porque mi abuelo se puso a reír y le dijo que era más animal que cualquier cabra.

 

Yo veía a mi abuela muy preocupada por ese asunto y habría querido hacer algo para ayudarla, pero no sabía qué; hasta que un día oí un balido (porque, así como los gatos maúllan y los perros ladran, las cabras balan, que lo sé), un balido que parecía el de una cabritilla joven que pidiera ayuda. Salí al bosque, caminé guiada por mi oído y, efectivamente, detrás de un pino muy gordo encontré a una pobre cabritilla que no podía caminar. Me pareció que tenía la patita de atrás rota porque estaba doblada de una forma rara, y comprendí que le debía doler mucho. Quería ayudarla pero dudaba, porque cerca de ella había una cabra grande, su madre seguro, que me miraba fijamente. Aún así, me atreví a acercarme un poquito, solo un poquito, y luego, despacito, un poquito más, y luego más. Veía que a cada paso que yo daba la cabra grande se retiraba un poco, y cuando al fin, muy asustada, llegué hasta la cabritilla, su mamá estaba ya bastante lejos. La cogí en brazos y me la llevé corriendo a casa, sin mirar atrás.

 

Mi abuelo, al verla, me propuso enderezar la patita y atarle un palo para que no pudiera doblarla. Así acabará curándose —me aseguró—. A mí me pareció un plan muy inteligente, pero cuando llegó mamá y nos vio (por cierto que la cabritilla chillaba más que nunca), nos dijo que no nos hiciéramos los médicos, que lo que había que hacer era llevarla al veterinario.

 

Mi abuelo cedió a regañadientes (creo que a él le habría gustado ser médico), y mamá y yo nos llevamos a la cabritilla al pueblo.

 

En el coche, yo la tenía en mis brazos y la iba acariciando y diciéndole cosas bonitas. Le prometí que se iba a curar y que volvería a correr por el bosque con su mamá.

 

El veterinario la operó, le puso un yeso en la pierna y nos dijo que la cuidáramos mucho, no dejáramos que corriera y volviéramos pasado un mes.

 

Al salir, mamá estaba muy seria. Le pregunté:

 

—¿No estás contenta, mamá?

— Sí Luana, sí —me contestó— muy contenta, pero desplumada. Nunca pensé que nos iba a cobrar tanto el veterinario. Menos mal que llevaba la tarjeta de crédito.

 

Yo, para aliviarla, le propuse que eso fuera mi regalo de cumpleaños (aunque faltaba mucho tiempo aún para eso), porque curar a la cabritilla había sido el mejor regalo que me podría haber hecho.

 

Me miró muy dulce (es que ella es muy dulce) y me dio un beso. No sé si con eso quería decir que estaba de acuerdo o que no.

 

Y así fueron pasando los días. La cabritilla, a la que yo ya le había puesto nombre (Micojita), vivía en mi habitación. No la dejaba salir sola para que no se pusiera a correr, y por la noche dormía en mi cama, a mis pies.

 

Recuerdo que por aquellos días me costaba mucho ir al colegio -y eso que a mí el cole me gusta- porque me apenaba dejarla sola. Pero luego, al medio día, cuando volvía a casa para comer y entraba en mi cuarto, la cabritilla se levantaba feliz y corría hacia mí (cojeando claro); y cuando me agachaba y la cogía en brazos, me lamía la cara entera. Esa era su manera de dar besos.

 

De día en día, Micojita me iba queriendo más y más; y yo a ella, ¡hombre claro!

 

Al cabo de un mes volvimos al veterinario. Yo iba angustiada, no sabía si nos iba a decir que ya estaba curada o lo contrario: que el yeso no había funcionado. Mamá, que me conoce mucho, me preguntó si preferiría una cosa o la otra. A mí me extrañó esa pregunta: estaba claro que prefería que estuviera curada, para eso estábamos haciendo tantos esfuerzos, ¿no? Pero ella me miró con esos ojos que pone cuando quiere decir “seguro seguro… ¿estás segura?”, y no le hizo falta palabra alguna pues yo la entiendo con solo mirarla. Le contesté:

 

—¿Por qué no voy a querer que se cure?

—¿Has pensado —me dijo— que cuando esté curada tendrá que volver al bosque? ¿Que ya no podrás tenerla más en tu habitación?

—A lo mejor prefiere quedarse conmigo…

—No, Luana —me contestó mamá mientras me acariciaba la barbilla—, los animales han de vivir libres, es lo natural y solo así son felices. Esta cabritilla ha nacido libre y libre tiene que seguir. Lo comprendes, ¿verdad?

 

Me quedé pensativa. Me decía a mí misma que prefería que mi cabrita fuera feliz, que eso era lo que realmente quería; pero notaba una gran pena por dentro al pensar que quizá la perdiera para siempre.

 

Luego me sorprendí deseando que se quedara cojita y no pudiera volver al bosque, pero enseguida reaccioné y me avergoncé de mí misma: Parece mentira que seas tan egoísta —me dije—, si de verdad la quieres has de desear que sea libre y feliz.

 

—¿Qué estás pensando? —me preguntó mamá al verme tan callada.

—Estoy pensando, mamá, que cuando se quiere a alguien tienes que procurar que sea feliz aunque eso te duela; pero que a veces dentro de una hay una lucha de sentimientos, que una no quiere ser egoísta pero tampoco quiere sufrir, y que todo esto me parece muy complicado.

—Así es la vida, Luanita, no siempre es fácil. Pero hoy puedes aprender una cosa: que no hay nada más bonito que el amor desprendido, el que antepone la felicidad del otro a la suya propia. Solo así es como de verdad se quiere, así es como se quiere a los hijos y así es como te quiero yo a ti.

 

Le di un beso y le dije: Gracias mamá, ya lo he decidido: así es también como yo quiero querer a Micojita.

 

El veterinario le quitó el yeso y la estuvo palpando, luego la hizo caminar por toda la habitación, y al final me miró y me dijo:

 

—Tu cabrita está completamente curada. ¿Estás contenta Luana?

—Sí, muy contenta —le dije y sonreí lo mejor que pude.

 

No es que yo sea mala; de verdad que me alegré por ella, pero no lo podía evitar: tenía ganas de llorar y los ojos se me humedecieron.

 

Y el veterinario, que debía saber mucho más de animales que de niños, le dijo a mi madre:
—Qué mona es su hija, fíjese señora: de tan contenta que está se le han llenado los ojos de lágrimas.

 

Al salir, mamá me cogió de la mano y me dijo:

 

—Luana, estoy muy orgullosa de ti.

—No lo creas mamá. Que no estoy contenta, que estoy muy triste —y me puse a llorar sin control.

—Ya sé que estás muy triste —me dijo acercándome a ella— por eso estoy orgullosa de ti. Los sentimientos son difíciles de controlar, Luana, pero lo que me maravilla es tu decisión de hacer lo que es mejor para “tu Cojita”, aunque eso te cueste muchísimo.

 

Y así lo hicimos: mis papás, mis abuelitos, mi hermanita Lola (que por entonces era muy pequeñita aún) y yo salimos al bosque (después de desconectar el pastor eléctrico, claro). Yo llevaba a Micojita en brazos y me iba despidiendo de ella con besos y abrazos y dándole consejos para que nunca más volviera a hacerse daño.

 

No podía soltarla, no podía… hasta que mi papá me la cogió suavemente, me dijo que no sufriera tanto, que seguro que ella volvería para verme de vez en cuando, y la dejó en el suelo.

 

Pero mi cabrita no se apartaba de nosotros. Mamá la animaba a saltar y a buscar a su mamá, pero ella no se movía. Al cabo de un rato el abuelo nos dijo que deberíamos dejarla sola un rato, luego volveríamos y si seguía ahí querría decir que prefería vivir en casa.

 

Si así fuera nos la quedaríamos —dijo—, al menos hasta que se haga mayor del todo.

 

Regresamos a la casa, mi papá y yo estuvimos preparando la comida, y al cabo de un rato volvimos juntos al bosque. Yo deseaba con todas mis fuerzas que ella siguiera ahí pero no, no estaba. La llamé, y nada: no me contestó. Comprendí que la había perdido, me abracé a mi padre y lloré desconsoladamente.

 

Cuando me aparté un poco vi que él también parecía estar llorando y le pregunté si era por haber perdido a Micojita o por verme tan triste. Por las dos cosas, me contestó secándose los ojos. Y es que mi papá es muy fuerte pero también es muy sensible y cariñoso.

 

Y los días fueron pasando. Yo, poco a poco, me iba consolando al pensar que Micojita sería feliz con su mamá y quizá con sus hermanos, pero casi todas las noches soñaba con ella y al despertame y recordar que ya no estaba… ¡eso sí era duro!

 

Hasta que llegó mi cumpleaños. Habíamos organizado una fiesta con todos mis amigos, y como son muchos, decidimos celebrarla en el jardín de la casa de Beto y Aba.

 

Entiendo que sea difícil de creer, pero lo que os voy a contar ahora ocurrió de verdad:

 

Había soplado las velas y estaba empezando a cortar la gran tarta que me había hecho mamá, cuando de pronto, no sé por qué, sentí la necesidad de darme la vuelta. Lo hice, y me encontré a dos cabras frente a mí que me miraban fijamente. La más joven se me acercó y se quedó rozando su cuerpo con mis piernas. Tenía que ser Micojita pero… Me agaché y ella empezó a lamerme la cara. La acaricié, pasé mi mano por su patita trasera y noté la cicatriz de la operación. ¡Era ella! Ya no había duda, ¡era Micojita! ¡Cómo había crecido! Estaba irreconocible. ¡Y había venido con su mamá para felicitarme!

 

Entonces la cabrita mamá se me acercó también y me lamió la otra mejilla.

 

Fue el regalo más maravilloso que pudiera nadie hacerme jamás. Las dos cabritas se quedaron jugando con nosotros durante toda la fiesta y aún un buen rato luego a solas conmigo, cuando todos mis amigos se habían ya ido.

 

Desde entonces han pasado ya dos años y, como de milagro, se terminaron los problemas con las cabras salvajes. No han vuelto a entrar a comerse el jardín de Aba a pesar de que el pastor eléctrico lleva cantidad de meses estropeado. En cambio Micojita y su mamá sí acostumbran a venir a verme cuando estoy en casa de los abuelos; yo les doy agua y comidita y jugamos juntas un rato las tres, pero jamás tocan una flor ni ninguna de las plantas de Aba.

 

Un día les pregunté que cómo habían hecho para convencer a sus compañeras de que no volvieran a entrar en nuestro jardín; y, no estoy segura, pero me pareció que ellas dos se miraban y sonreían con los ojos..

 

¡Lo que daría por conocer el idioma de las cabras!, porque nos entendemos tan bien… nos pasaríamos horas y horas hablando las tres.

 

 

FIN

 

Mallorca, octubre de 2015

 

 

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EL DILEMA DE LA CUP

 

La CUP (ese amalgama de grupos en cuyo ADN está, por un lado, la proclamación de la República Catalana, y por otro la justicia social y la lucha contra la corrupción política), decide hoy si apoya o no el nombramiento de Mas como Presindent de la Generalitat. Y, como buenos idealistas de izquierda, lo hacen en asamblea.

Si no lo aprueban habrá que que repetir las elecciones autonómicas, a riesgo de que los partidos favorables a la independencia pierdan en votos por un márgen aún mayor que la última vez y quizá que no alcancen la mayoría absoluta en el parlament, con lo que el camino hacia la república catalana se vería mucho más incierto (para algunos, porque a muchos nos parece imposible en cualquier caso).

En cambio, si lo aprueban se desbloquea la hoja de ruta de Junts per Sí y en teoría se reabre el camino hacia la proclamación de la independencia. Pero, eso sí: dirigidos por una persona de derechas que ha sido discípulo, colaborador y quizá cómplice de Jordi Pujol, el gran “honorable” que protagonizó uno de los mayores escándalos de corrupción de los últimos tiempos, si no el mayor.

Así pues se está obligando a la CUP a sacrificar parte de sus ideales, lo que va a significar, entre otros males, un debilitamiento inmediato de su cohesión interna.

Existe entre los independentistas, tanto si provienen de ERC como de la antigua CIU, la sensación de que la CUP se ha transformado en la piedra que impide avanzar hacia ese paraíso idílico que imagina Junts pel Sí. Pero, visto lo anterior me pregunto: ¿no habría sido más fácil renuncuiar al liderazgo de Mas —un líder, por otra parte discutible y blando que ha ido retrocediendo en aceptación popular elección tras elección— y acordar alguno que esté limpio de sospechas? ¿No ha sido realmente Juns pel Sí quién a puesto la piedra en el camino al aferrarse a ese liderazgo? ¿Y sobre todo, por qué? ¿Cómo se explica? ¿Tan fuerte es la mano de Jordi Pujol?

 

EL JUEGO

Te toca, Clotilde —exclamó Luisa al terminar Ana su historia.
—A ver… el día que metí la pata hasta el fondo… Sí, yo lo tengo clarísimo. Fue en tercero de BUP. ¿Os acordáis de Óscar?
—¿Oscar, el granos? Claro que sí, estaba loco por ti.
—Ja, ja, babeando lo tenía.
—Recuerdo que estabas hasta el gorro de él. Ya no sabías qué hacer para que te dejara en paz —comentó Ana.
—Sí, en parte sí. Pero solo en parte… Me divertía su obsesión. Bueno, pues veréis: resulta que el tío pesado no paraba de pedirme una foto. Y yo, que suponía para qué la quería, me hacía… no sé. En fin, que… La verdad, chicas, que me excitaba, me excitaba imaginárlo en su cama o en su cuarto de baño mirando mi foto y pajeándose como un loco.
—Qué asco. A mí me habría dado un asco horrible —Luisa era envidiosa e intransigente, y solo veía el lado negativo de todo.
—Eres tremenda Cloty, me encantas. ¿Se la diste? —Ana era cándida y comprensiva, y siempre veía el lado positivo de todo.
—Sí. Me hice una foto desnuda, le corté la cabeza y se la di.
—¿¡Desnuda del todo, del todo!?
—Claro Luisa, ya puestos… Además, sin la cabeza quién podía reconocerme…
—Qué tía. Se volveria loco, porque tú ya por entonces tenías unos buenos melones…
—Pues sí, Ana. No os acordaréis pero fueron unos días en que no se le quitaba la sonrisa de la cara. Pero al cabo de un tiempo pedía más…
—Era de esperar, pedía la cara…
—Excto. Y eso no iba a dárselo, que tonta no soy; pero le dije que si venía bajo mi ventana a eso de las once de la noche, le tiraría algo mío muy íntimo, muy muy íntimo.
—¿Un pañuelo?
—No seas tonta, ¿cómo iba a ser un pañuelo? ¿Qué era Cloty?
—Mis bragas usadas.
—¡Ex!
—¡Oh! ¿Y lo hiciste?
—Sí. Hice más que eso. Estuve esperando hasta que oí el rechinar de la verja del jardín, me quité la camisa del pijama, abrí la ventana, lancé mis bragas y lugo me asomé procurando mostrar todo mi torso desnudo… al tiempo de ver a mi padre -que llegaba de viaje sin avisar- mirándome con cara de asombro mientras, con la mano que le dejaba libre su maleta, retiraba mis braguitas usadas de su abundante cabellera gris.

 

 

 

SU MELENA

Clotilde era tan leve, lejana, espiritual, tan hermosa, tan superior, que todas, todas sin excepción, quedaban, solo con verla, turbadas ya de por vida. Pero ¡ay de aquellas desgraciadas que tuvimos la fortuna divina de ser advertidas por ella, por esa divinidad, de recibir un roce de sus labios, una leve caricia de sus dedos o un simple contacto visual, personal! Esas, confundidas, extraviadas, olvidadas de cuanto fueran nuestras vidas anteriores, reducidas a la esclavitud de ese ser superior, ajeno, de esa coleccionista de almas femeninas… esas, perdido el libre albedrío, enredadas quedamos y enredadas vamos a seguir por siempre, en su suave, poblada, infinita melena.

 

 

 

UN TIPO INSIGNIFICANTE EN MI CAMA

 

 

Al despertarme vi a ese pequeño hombrecillo a mi lado. Mi cabeza estallaba. Me incliné hacia él para ver su cara. Ni idea. La noche había empezado en un mejicano. ¿Cuántas margaritas fueron?, dos, tres, quizá cuatro. Luego aquella fiesta privada en el piso de Pintor Rosales, la terraza sobre la Casa de Campo, gente guapa… todo muy borroso… ¿Y este pequeñajo… ? Ni idea. Me levanté sigilosamente, fui a la ducha, volví envuelta en mi tohalla a lo MM, me hice un café y me lo fui tomando a pequeños sorbos mientras, pensativa, contemplaba esa cabeza oscura, esa pequeña espalda. No le oía respirar. Me acerqué alarmada, lo zarandeé ligeramente, abrió los ojos, me miró, sonrió. Sus dientes amarillos me llamaron la atención. Se incorporó un poco y musitó: Teresa, amor mío, soy feliz, ha sido la noche más dichosa de mi vida. En ese momento me juré no volver a tomar una sola margarita más en todos años que me quedaran por vivir.

CREO QUE ESTOY ENAMORADO, ¿QUÉ VOY A HACER?

Creo que estoy enamorado, ¿qué voy a hacer? Ya sé: lo voy a hablar con mami, ella me entenderá.
— Mami, creo que estoy enamorado.
— No digas tonterías, Joselín.
— Estoy enamorado de verdad mamá, no puedo dormir, ni estudiar, ni hacer nada, solo pienso en su carita, en su boquita…
— Hijo por Dios, que tienes diez años… Mira, habla con tu padre, que mucho me temo que has salido a él.
Encontré a papi en el garaje.
— Papi, creo que estoy enamorado.
— ¿Muy enamorado?
— Mucho papi, no puedo dormir, ni estudiar, ni hacer nada, solo pienso en su carita, en su boquita…
— Muy bien, muy bien… esas primeras sensaciones son algo muy bonito, Joselín. Traénos a tu amor. ¿Qué te parece mañana, que es sábado, por la mañana?
— Gracias papi, tú sí que me entiendes.
Al día siguiente, por la mañana, me puse mis vaqueros y fui a su encuentro, vivía cerquita, a dos casitas de la nuestra.
Cruzamos mi jardín cogiditos de la mano, abrí la puerta de casa, oí que papás estaban desayunando en la cocina, entramos y les chillé:
— ¡Sorpresa, papis! Aquí está mi amor: se llama Juan.
A papá se le atragantó el café con leche, empezó a toser y se puso colorado como un tomate, y mamá se quedó como hipnotizada, con la galleta junto a su boca abierta. Y es que aveces tienen reacciones muy extrañas.
— Bueno, ya lo conocéis —les dije—. Pasa Juanito, amor, que te preparo un colacao.

HFP