Venimos de comer en el Born, en Barcelona. (Ay ay ay… qué voy a decir…

Venimos de comer en el Born, en Barcelona. Formidables las ruinas de la ciudad del XVIII, y la ambientación admirable. La comida en el restaurante (Born 300 creo que se llama) muy digna y actual; pero yo salí molesto interiormente por la distorsión y manipulación de la historia. Francamente molesto.

Pero luego al atravesar el Passeig de Picasso leí escrito en el asfalto lo siguiente (perdón por las faltas en mi catalán): “El filolog et regala una ç per que transformis ‘dolor’ en ‘dolçor’. (El filólogo de regala una ç para que transformes ‘dolor’ en ‘dolçor’ (dolor en dulzura)) Y mi alma se reconcilió con mi gente.

EL NIETO, EL ABUELO Y EL VITÍLIGO

El pasado martes, como casi todos los martes, vinieron a casa Javi y Liam: mi hijo y mi nieto. Liam está ya próximo a cumplir tres años.

Tras el almuerzo, me quedé con el pequeño jugando en el jardín: la hamaca, entre dos prunos, era un barco en el que, juntos, cruzábamos los mares. Nos ocurría de todo: ausencia de viento y el barco que no avanzaba, tremendas tormentas que casi nos hacían zozobrar, grandes cetáceos que había que esquivar… y nos cruzamos con otros muchos barcos: algunos amigos (Lola, Severito, Luana…) y otros temibles, como el del malísimo capitán Garfio.

Al cabo de mucho rato, Liam se bajó y me pidió que jugáramos al fútbol. Ahí me resistí. «Hace mucho calor —le dije—, y como tengo vitíligo el sol me quema la piel». «¿Vitíligo? ¿Qué es?», me preguntó. Y yo le enseñé mi mano con sus manchas blancas. Ante su insistencia en saber más, le conté que mis manos eran como de chocolate y leche. «¿Ves —le dije—, esta parte es como chocolate y esta otra, los dedos, como leche».

Liam me observaba con esa mirada de interés que siempre pone ante una explicación que le resulta interesante pero complicada.

Yo permanecía callado, a la espera de su próxima reacción.

De pronto tomó mi mano con la pequeñita suya, acercó su cara, sacó su lengüita y se puso a lamer la parte de chocolate al estilo perrito. Paró, y se quedó mirándome nuevamente, sin soltar mi mano. Yo creí que iba a verlo decepcionado ya que eso no podía saber a chocolate. Pero no: volvió a sacar su lengüita y volvió a lamer mi mano con el mismo interés (solo el chocolate, la leche no le debía apetecer).

No le dejé seguir porque lo agarré emocionado, lo subí a la hamaca-barco y le di un gran abrazo. «Eres increíble, Liam», le dije.

Esa noche, al acostarme y abrir mi ebook, pensé que había vivido una experiencia preciosa.

Yo, “castellufo” de origen.

Estaba yo un día en la terraza de mi apartamento de verano siguiendo el ir y venir de las olas, la mente en blanco y el libro olvidado entre mis manos (hace ya años de eso), cuando una amiga de la familia se sentó a mi lado y, ambable y jovial, me preguntó: «¿Qué, petem la charrada?»

Pensé: «Qué expresión más fea; el español es mucho más fino… me gusta especialmente la suavidad con que se habla en algunos paises americanos, en Colombia por ejemplo. Ahí me podrían haber dicho: “¿Platicamos un poquito?” Incomparable, ¿no?»

Pero luego rememoré unos versos: “Les paraules que tu em deies/ las sentia en ton respir/ i a las mevas tu somreies/ no arribanles io a sentir”. Y me dije: «Tonto, el catalán es un idioma bellísimo y, como el francés, uno de los más aptos para la poesía. Y tú, Beto, no seas tan gilipollas».

¡Eso, eso! Eso es lo que tendría que haber hecho Sánchez en el PSOE, desde el primer día. Y ha hecho lo contrario. ¡Que pena!

El candidato de Ciudadanos a la alcaldía de Valencia, Fernando Giner, ha afirmado a EFE que no han venido “de la sociedad civil al mundo político” para entrar en el juego “del ‘y tú más'”, y que están muy centrados “en demostrarle a la sociedad que es posible un cambio sensato, tranquilo y eficaz”.

Este cuento ha sido ideado por Luana Rojo Figarola y escrito al a limón entre ella y su abuelo Beto.

LOS OCHO VALIENTES Y EL TORO PATINADOR

Ángela, Ariadna, Elvira, Ellie, Luana, Max, Marc y Omar formaban un grupo de amigos del cole que siempre estaban juntos; en el patio, al salir de clase, y también durante los fines de semana si sus papás les dejaban.

Todos ellos se habían apuntado a patinaje como actividad extraescolar. Y eran buenos, porque como eran tan amigos y pasaban tantas horas juntos, se entendían fenomenalmente en la pista.

En los exámenes los profesores flipaban, ya que las respuestas de todos ellos casi siempre eran idénticas. Y es que los ocho, que eran muy aplicados, estudiaban casi siempre juntos y comentaban las lecciones entre ellos.

Pero una vez llegó una profesora nueva, la señorita Sonia, y como nadie la había avisado de eso, al corregir un examen de Medi y ver que los ocho habían contestado lo mismo, pensó que habían copiado los unos de los otros y los suspendió a todos.

Ellos se disgustaron mucho, y en el recreo se pusieron a pensar en qué hacer para convencer a la profesora de que no habían copiado. Al final decidieron nombrar una comisión de tres para ir a hablar con ella. Serían Ariadna, Max y Omar

Y así, después de las clases, Ariadna, Max y Omar fueron al despacho de profesores para ver a la señorita Sonia. Le contaron que no habían copiado, que lo que pasaba es que como eran tan amigos se iban pareciendo cada día más entre ellos. «La prueba, señorita —dijo Omar— es que algunos de nosotros, al menos Marc y Ellie, estaban sentados lejos del resto, al otro lado de la clase».

Cuando salieron de hablar con la profesora vieron a los otros cinco que esperaban inquietos, y levantando dos datos en señal de victoria gritaron: «¡Lo conseguimos!» Y Omar comentó: «La señorita Sonia nos ha creído, incluso nos ha felicitado. Nos ha dicho: Os felicito por luchar por lo que creéis justo.

Todos estuvieron contentísimos y para celebrarlo, como era viernes, acordaron que al día siguiente por la mañana se verían en un campito que había no muy lejos del cole y pasarían la mañana jugando.

El día siguiente amaneció con un sol magnífico, y a las once en punto estaban ya todos juntos en el campito jugando a la pelota.

Ellos no se daban cuenta… pero escondido entre las matas había un enorme toro negro que tenía unos cuernos grandiosos. ¡Qué terror!

Pero ese toro no quería hacerles ningún daño, todo lo contrario: estaba encantado mirando cómo jugaban a la pelota. Se acordaba de cuando era pequeño —un ternerito que apenas levantaba tres palmos del suelo— y el hijo del mayoral de la finca donde vivía, que tenía unos siete años, jugaba con él todo el tiempo. Eran grandes amigos. Ese recuerdo le hizo llorar un poquito porque el toro era grande y fuerte pero también era muy sensible y echaba de menos a ese niño.

Tan encantado estaba el animal mirando como jugaban los ocho valientes que olvidó por un momento que los niños podían asustarse mucho si lo veían, y salió de detrás de las matas con la intención de unirse al juego.

El primero que lo vio fue Max, y chilló: «¡Corred, corred, ahí hay un toro enorme con unos cuernos grandiosos, que no nos pille, corred, corred!» El toro cuando vio que corrían, fue tras ellos; no quería hacerles daño, quería que le dejaran jugar, pero los niños, viendo que el toro les perseguía, cada vez corrían más deprisa.

Por correr tanto, Ángela tropezó y se cayó, y cuando Luana la vio chilló: «¡Eh amigos parad, que Ángela se ha caído!» Como eran tan valientes y se querían tanto, se pararon todos en seco y retrocedieron para ayudar a su amiga mientras Marc le chillaba al toro: «¡O nos pillas a todos o a ninguno!»

Al toro bravo eso le pareció un juego muy divertido, entendió que ahora los niños querían perseguirle a él, se dio la vuelta y corrió alejándose de ellos. Gracias a eso, los niños tuvieron tiempo de ayudar a Ángela, y luego siguieron corriendo, extrañados de que el toro se alejara en lugar de perseguirlos, pero contentos porque ahora pensaban que iban a poder salvarse.

Entonces el toro miró hacia atrás y vio que los niños ya no lo perseguían, que se estaban alejando. Pensó: «No acabo de entender ese juego, pero me gusta». Dio la vuelta y corrió tras ellos. Los niños al ver que el toro volvía a perseguirlos corrieron aún más deprisa, y ahora fue Luana quien, por correr mirando hacia atrás, tropezó y cayó. Y esta vez fue Omar el primero en dar la voz de alarma: «¡Parad, parad. Se ha caído Luly!» Como la otra vez, todos se pararon en seco, dieron la vuelta y corrieron a socorrerla. Pero la caída había sido muy fuerte y Luana, al intentar levantarse, comprobó que no podía poner el pie en el suelo de tanto que le dolía.

Mientras, el toro, preocupado porque veía que una niña tenía sangre en la pierna, se fue acercando al grupo. Los chicos, atendiendo a Luana, se habían olvidado un poco del peligro, pero cuando entre dos de ellos la cogieron por debajo de los brazos para ayudarla a caminar, miraron hacia atrás pensando que el toro se habría ido y lo encontraron pegado a ellos, observándolos. Se quedaron paralizados de terror, hasta que Luana dijo: «Chicos, ese toro no parece malo» «Es cierto —contestó Ariadna— fijaos, parece que nos mira con cariño» «Es verdad —volvió a decir Luana—, fijaos en cómo me mira, parece preocupado por mí»

Fueron rodeando al toro y Max se atrevió a acariciarlo. El animal se comportaba como un perro cariñoso. Tanto es así que Luana acabó por decirle: «Me cuesta mucho andar, torito, no me llevarías en tu lomo? A todos les pareció que el toro, que se había sentado en la hierba, decía que sí con la mirada, y auparon a Luana sobre él. El toro se levantó despacito para que no se cayera la niña, y los nueve (los ocho valientes y el toro) iniciaron la marcha hacia el pueblo.

Ya imaginaréis el extraño espectáculo que ofrecían: en primer lugar iba Omar marcando el camino, tras él el gran toro con Luana montada encima y agarrada con ambas manos a sus cuernos como si fuera el manillar de una bicicleta, y detrás los otros niños en fila de a dos. Todos iban cantando una canción que se acababan de inventar:

El torito bravo es nuestro amigo,
Que nadie le haga daño ni tenga miedo,
No queremos para él ningún castigo,
No queremos que nadie lo lleve al ruedo.
A este toro no, que toreen a otros;
Queremos que este se quede con nosotros.

Y es que Max, que era muy listo, les había alertado a todos. Les había dicho: ¿Sabéis qué pienso? Que ese toro debe de ser uno de los seis que tenían preparados para la corrida del domingo. Seguro que se ha escapado y lo estarán buscando. ¡No podemos permitir que lo maten!

Todo aquel que veía pasar al extraño cortejo se unía a él, de tal forma que cuando llegaron a la plaza del ayuntamiento eran más de cien personas las que seguían a los niños, y ahí se les unieron muchos más vecinos; ya eran más de trescientos, y todos cantaban a voz en grito la canción de los ocho valientes:

El torito bravo es nuestro amigo,
Que nadie le haga daño ni tenga miedo,
No queremos para él ningún castigo,
No queremos que nadie lo lleve al ruedo.
A este toro no, que toreen a otros;
Queremos que este se quede con nosotros.

Tanto alboroto armaban que los oyó el alcalde que estaba en su despacho hablando con los concejales. Al alcalde, que era el abuelito de Luana, le extrañó tanto griterío, y dijo a sus concejales: «¿Qué es todo ese alboroto? Salgamos al balcón a ver que pasa». Cuando el alcalde vio a su nieta querida encima de aquel enorme toro y agarrada a sus inmensos cuernos, de poco se desmaya. Bajó las escaleras corriendo, se abrió paso entre la multitud a codazos, llegó a donde estaba el toro, agarró a su nieta y corrió con ella en brazos mientras le decía: «Tranquila Luanita que ya te he salvado, pobrecita mía, si no fuera por mí ese toraco te habría matado».

«Qué va, dijo Luana (ella siempre dice “qué va”), si es nuestro amigo, me llevaba encima porque me he hecho daño en un tobillo y no puedo caminar. Es buenísimo el toro, nos quiere mucho, y nosotros a él».

Los chicos contaron su aventura con el toro al alcalde y a todo el pueblo que estaba ahí, curioso y admirado; y cuando terminaron su narración se pusieron a cantar esa canción recién inventada en la que pedían que no se toreara a su toro amigo, al que ahora ya le habían puesto nombre:

El torito Juguetón es nuestro amigo,
Que nadie le haga daño ni tenga miedo,
No queremos para él ningún castigo,
No queremos que nadie lo lleve al ruedo.
A este toro no, que toreen a otros;
Queremos que este se quede con nosotros.

Y el pueblo entero cantó con ellos.

Cuando terminaron, el alcalde se quedó pensativo. Era un alcalde muy responsable y antes de tomar una decisión tenía que meditarla bien.

Mientras iba pensando en cuál debía ser su dictamen, su nieta Luana iba tirando de su mano suplicándole: «Venga, venga, abuelito, porfa, porfa… pero ¿cómo van a matar a nuestro amiguito que me ha salvado?»

«¡Está bien! —dijo de repente—. El toro se quedará con nosotros!»

Aquello fue una fiesta, todos chillando y saltando de alegría y besando y acariciando al toro.

Y así fue como Juguetón se quedó viviendo en el campito de cerca del cole, y los ocho valientes iban a jugar con él siempre que podían. Incluso le enseñaron a patinar con cuatro patines que el herrero del pueblo modificó convenientemente para adaptarlo a sus pezuñas. Eso acabó siendo lo que más podía divertir a Juguetón de todo lo que hacía con esos niños tan buenos, tan decididos y tan valientes, a los que adoraba.

De todas formas el domingo hubo corrida de toros, (con solo cinco toros), pero después de la experiencia y de haber conocido a Juguetón, casi nadie del pueblo asistió al ruedo, y en los años siguientes en ese pueblo se cambió la corrida por un espectáculo de patinadores que incluía un número estrella: ocho niños haciendo patinaje artístico con un toro enorme que patinaba tan bien como ellos.