Incomprensiblemente, el holocausto armenio es un genocidio “inexistente”, fantasma, ignorado. http://elpais.com/elpais/2015/04/14/opinion/1429031969_200475.html

Incomprensiblemente, el holocausto armenio es un genocidio “inexistente”, fantasma, ignorado. Los turcos deben de tener una habilidad especial para esconder las miserias (horrores) de su historia. He de confesar que yo tuve noticia de su existencia ya cumplidos los 50 al leer “Barbazul” de Kurt Vonnegut, una novela que recomiendo con verdadero entusiasmo.
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Rosa Diez representa como nadie lo que han sido los partidos hasta ahora (y siguen siendo): disciplina, obediencia, ordeno y mando

Rosa Diez representa como nadie lo que han sido los partidos hasta ahora (y siguen siendo): disciplina, obediencia, ordeno y mando (el que se mueva no sale en la foto).
Parecido a la iglesia de Roma o las órdenes laicas: Opus Dei, Legionarios de Cristo… (¡Dios mío, que dioses más horribles tiene toda esa gente!)
A ver si abrimos un poco la mente, queridos políticos, que estamos pidiéndoos algo más. ¿Es que no os dais cuenta? ¡Que va a ganar quien sea capaz de levantar la cabeza por encima de tanta mezquindad, bobos!

Contra todo pronóstico me enamoré de Alba. Vencí mi cobardía y lo confieso todo. Aquí:

UN AMOR MAL VISTO

Hace algún tiempo, como un par de años quizá, me regalaron un ebook, es decir: una tableta diseñada solo —y nada menos— que para leer.
¡Una tableta electrónica para leer, a mí, al acariciador de páginas, portadas, lomos…! ¡Tamaño dislate…! En fin, di las gracias, la puse sobre mi mesa de trabajo y ahí quedó, medio olvidada, durante varias semanas. Pero una noche, recién terminada una novela (creo que de Sándor Márai) me acordé de la dichosa tableta supuestamente literaria y, escéptico pero algo curioso, fui a por ella y me la llevé a la cama.
Esa misma noche ocurrió algo inesperado: una especie de corriente de simpatía nos iba entrelazando a ambos desde los primeros minutos, y he de reconocer que ese sentimiento inicial fue creciendo y creciendo en las noches siguientes, hasta dar en algo mucho más intenso, mucho más profundo.

Al principio fue solo atracción física: me sorprendió la facilidad y sencillez con la que se adaptaba a mi cuerpo, acostumbrado yo, como estaba, a mis queridas novelas de papel, tan señoritas y creídas que se ofendían si se me ocurría doblarlas por aguantarlas con una sola mano; como si esa simple acción fuese un atropello, una violación, o cuanto menos un exceso de confianza injustificable. «¿Acaso le he dado yo pie, caballero?»
Mi tableta, desde el primer momento se acomodó a mi mano con total candidez y entrega, como si nos conociéramos de años, y me permitió pasar sus páginas suavemente, con confianza, con un simple toque de mi dedo pulgar. «Eso empieza bien», pensé.

Más tarde vino el agradecimiento: mis ojos, tan viejos como yo mismo, cada vez adoptaban una actitud más exigente en mis largas sesiones de lectura: letras de mayor tamaño, más negras y destacadas, mayor intensidad de luz, mejor papel… Incompatible todo ello con la lectura de novelas de bolsillo impresas en papeles de baja calidad en los que el contorno de los caracteres tiende a difuminarse.
Y es ya casi imposible pedirles a esos ojos míos que cumplan con su trabajo cuando intento leer en la cama bajo una luz tenue (cosa que hacía yo a diario por no molestar a mi esposa cuyos ojos, aún más delicados que los míos, reclaman penumbra para su descanso).
En cambio, mi maravillosa tableta me da a elegir la intensidad de luz de su pantalla y el contraste, así como el tipo y el tamaño de letra. Gracias a ella, tan clara y precisa, consigo leer durante horas sin fatiga y con la misma facilidad con que lo hacía de joven. Incluso en la cama, y sin molestar a nadie.

En vista de todo ello y para mayor acercamiento, decidí darle un nombre a mi pequeña tableta, bautizarla. La llamé Alba, me pareció un nombre hermoso y adecuado. Creo que a ella también le gustó.

No tardé mucho en asumir definitivamente que Alba y yo estábamos hechos el uno para el otro. Veamos: yo soy un adicto a la lectura, tengo otros vicios pero ese es el peor. No creo exagerar si afirmo que habré leído bastante más de mil libros a lo largo de mi ya extensa vida. Pero aún así, siempre hallo palabras que desconozco o cuyo significado no recuerdo con precisión, y a menudo desearía consultar una enciclopedia para mejor situar la acción de la obra, o un dato, o un comentario del autor. Bien, pues anteriormente, con mis amados libros de papel, eso resultaba bastante engorroso, y si estabas leyendo en la playa, en la consulta del dentista o simplemente fuera de casa, algo más que engorroso: imposible. Ahora en cambio, si dudo de una palabra, la señalo con el dedo y en centésimas de segundo Alba me indica su significado o sus varios significados posibles, y con un clic más me presenta el diccionario ideológico completo, la Wikipedia o la Enciclopedia Británica, pongamos por caso.

«Cada vez me gustas más», le confesé un día.

Y hay otra razón para que me guste tanto Alba: se trata de otro de mis vicios: el subrayar. Me he pasado la vida leyendo con un lápiz rojo en la mano para señalar un nombre que no quiero olvidar, una idea feliz o un párrafo particularmente bien escrito. Pero es bien cierto que la mayoría de las veces no volvía nunca más sobre las páginas leídas en busca de esas señales en rojo. En cambio ahora, con Alba, sí lo hago. Le pido con solo dos clics que me presente una lista con todos mis subrayados y notas, y en unos pocos minutos las repaso una a una. Eso me sirve para recordar lo leído en su globalidad, así como para evitar eso tan descortés de despedirme del libro bruscamente, casi sin un adiós, sin un pensamiento, y también para disfrutar nuevamente de algunos párrafos e ideas dignos de recordar. Cada vez que lo hago, y es un rito ya, me despido formalmente de la obra en cuestión y le dedico a Alba unas palabras de sincero agradecimiento.

Pero aún hay algo más, más importante quizá que todo lo anterior: hace ya varios años, más de ocho, que abandoné mi profesión de empresario (y digo “empresario” porque fui directivo de empresas, no confundir con “emprendedor”, para eso último me habría hecho falta disponer de algunas cualidades que no poseo, como por ejemplo la resistencia al riesgo) y me convertí en escritor. Ahora soy mucho más feliz, y he cambiado mis prioridades a la hora de elegir novelas. En primer lugar procuro que estén escritas en español, no traducidas, y eso por dos motivos: por disfrutar de la belleza del habla original del escritor, y por seguir aprendiendo algo cada día y todos los días del año, por ir mejorando mi lenguaje sin fin ni límites. Y empiezo muchas más novelas de las que termino. Más de tres, quizá hasta cinco por semana; observo con qué frases comienza cada una (deseando sorpresas), cómo maneja el escritor o escritora el lenguaje, intento descubrir alguna característica personal del autor o autora, y si no me interesa especialmente el asunto, la estructura o el tratamiento, o no me enamora el verbo, la dejo y a por otra. Casi siempre salgo de la abandonada novela más rico de lo que entré.
A parte de eso, siempre estoy leyendo alguna de principio a fin; eso es placer, lo otro también, pero es además trabajo.

Antes de tener a mi Alba querida, esa labor era muy trabajosa ya que me obligaba a patear la ciudad de librería en librería, y desde luego era ruinosa, no había bolsillo capaz de soportar tanta inversión literaria. Ahora no: busco la novela que quiero (en dos clics) y entre “comprar” o “leer un fragmento” elijo esta segunda opción. Alba, siempre al tanto de todo, me anuncia que el fragmento se está descargando, y en menos de un minuto lo tengo listo para leer. Normalmente son unas treinta páginas, siempre las primeras y siempre totalmente gratis. Dios mío, Alba, ¿cómo no voy a quererte?

Sé que este amor mío por Alba va a ser muy mal recibido por aquellos hombres y mujeres fieles que ven amenazada la existencia de sus seres más amados: los libros. Y los comprendo. Sé también que más de uno me llamará traidor a mis espaldas, que perderé algún amigo. Pero yo no puedo mandar sobre mis sentimientos, estoy enamorado de Alba y además la admiro y siento por ella un profundo agradecimiento. Y lo quiero chillar a los cuatro vientos, porque lo nuestro es ya un compromiso definitivo, hasta que la muerte nos separe. Con seguridad seré yo el primero en irme: soy bastante mayor y ella joven aún. «Hola, soy Alba eBook, viuda de Humberto», dirá por entonces. Y no va a negarse a trasnochar, a conocer a otros lectores, a dejarse admirar; otros vendrán, la tomarán —como antes yo— entre sus manos y apreciarán sus cualidades; y ella se dejará querer. Es humano. No se lo voy a reprochar.

HFP

Tal día como hoy nació Gabriela Mistral. He aquí un verso de amor. ¿Posesivo? Tal vez, pero hermoso.

Yo no quiero que a mi niña
golondrina me la vuelvan,
se hunde volando en el Cielo
y no baja hasta mi estera;
en el alero hace el nido
y mis manos no la peinan
Yo no quiero que a mi niña
golondrina me la vuelvan.

Yo no quiero que a mi niña
la vayan a hacer princesa.
Con zapatitos de oro
¿cómo juega en las praderas?
Y cuando llegue la noche
a mi lado no se acuesta…
Yo no quiero que a mi niña
la vayan a hacer princesa.

Y menos quiero que un día
me la vayan a hacer reina.
La pondrían en un trono
a donde mis pies no llegan.
Cuando viniese la noche
yo no podría mecerla…
Yo no quiero que a mi niña
me la vayan a hacer reina!

Crece en Catalunya la idea de que el franquismo fue cosa de “Madrid”

Desde hace tiempo noto que crece en Catalunya la falsa impresión de que el franquismo fue cosa del resto de España, en especial de Madrid, y que nosotros, los catalanes solo lo sufrimos; cuando la resistencia de Madrid a las tropas rebeldes fue histórica y cuando en la inacabable noche de la dictadura se sentía tan a gusto la sociedad “bien” de Madrid como la burguesía catalana. La culpabilidad se reparte por igual, es mejor reconocerlo, lo contrario no ayuda para nada al (por otra parte legítimo) movimiento independentista.

¿Qué decir de la “exitosa” gestión financiera del gobierno? Esto:

Desde que “manda Rajoy” (el que iba a resolver la crisis en la que “nos metió Zapatero”), la deuda pública de España ha pasado de unos 745 000 millones de euros a más de un millón de millones. O sea, ha aumentado en ¡250 0000 millones! Un 35% en menos de 4 años. (Temblemos todos).

En ese mismo periodo, el Fondo de Reserva de la Seguridad Social (que se creó para que garantizara el pago de las pensiones cuando la población fuera envejeciendo) en lugar de crecer o mantenerse ha disminuído en un 37%, pasando de 66 000 millones a 41 000.(Temblemos todos, los mayores más).

Un absoluto desastre. ¿O no?

Para hoy, día de la poesía, una poesía sobre la poesía. De Juan Ramón Jimenez.

Vino, primero pura,
vestida de inocencia;
y la amé como un niño.
Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes;
y la fui odiando sin saberlo.
Llegó a ser una reina
fastuosa de tesoros…
¡Qué iracundia de hiel y sin sentido!
Mas se fue desnudando
y yo le sonreía.
Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica
y apareció desnuda toda.
¡Oh pasión de mi vida, poesía,
desnuda, mía para siempre.

Ayer escribí este diálogo absurdo con final apasionado. ¡Os lo regalo!

LA MEDIA NARANJA

— Sí…
— ¿Cómo que sí?
— ¿Sí?
— ¿Sí, de qué?
— ¿Cómo dice?
— Usted ha dicho Sí.
— Sí.
— ¿Y por qué? Yo no le había preguntado nada.
— Pero usted me ha llamado, señor.
— No, señora, yo a usted no.
— ¿Usted no me ha llamado?
— No, a usted no la he llamado yo.
— Pues ¿a quién llama usted?
— A Charly.
— ¿A Charly?
— Sí, a Charly.
— ¿A qué Charly?
— A Charly Rives
— ¡Ah! Vale.
— ¿Y entonces?
— Y entonces, ¿qué?
— Pues eso.
— Pues eso ¿qué?
— Pues que se ponga.
— ¿Y cómo quiere usted que me ponga?
— ¿Usted?
— A ver…
— ¿Por qué me pregunta que cómo quiero que se ponga usted? Yo no…
— Usted me ha dicho que me ponga. ¿Qué me ponga cómo? ¿O que me ponga dónde? ¿O que me ponga qué? No le entiendo.
— Ay, señora, perdone usted por la confusión. Lo que yo quería decir es que se ponga…
— ¿Que me ponga qué?
— No, no, que se ponga usted no. Que se ponga Charly.
— ¿Qué se ponga cómo?
— ¿Quién?
— Charly. ¿Cómo quiere que se ponga?
— Como le de la gana, pero que se ponga, si no le es a usted molestia.
— Ah…
— Espero pues.
— ¿Qué espera usted?
— Que me pase usted a Charly Rives.
— ¿Charly Rives?
— Claro.
— Pero aquí no vive Charly Rives.
— ¿Pues qué Charly vive ahí?
— ¿Aquí?
— Sí. ¿Cómo se apellida el Charly que vive ahí?
— ¿Aquí?
— Sí.
— Aquí no vive ningún Charly, señor.
— Entonces por qué me preguntó: ¿Qué Charly?
— ¿Yo?
— Pues claro ¿quién va a ser?
— Es usted que ha preguntado por Charly, señor.
— Claro. Y usted me ha contestado: ¿Qué Charly?
— Y usted me ha dicho que Charly Rives.
— ¿Lo ve?
— ¿Qué es lo que veo?
— Que usted me ha preguntado que qué Charly, señora.
— Ya. Y usted me ha dicho que Charly Rives.
— ¡Ay Dios mío, qué lío…!
— ¿Es usted religioso?
— ¿Por qué me lo pregunta?
— Cómo ha nombrado a Dios…
— ¿Yo? ¿Cuándo?
— Hace un momento.
— Pues no me he dado cuenta.
— Yo también.
— Usted también ¿qué?
— Yo también soy religiosa. No entiendo que la genta sea tan…
— ¿Tan qué?
— Pues eso. Que no entiendo que se pueda vivir sin Dios.
— Sí. Lo mismo le dije yo a Charly.
— ¿A Charly Rives?
— Claro. ¿Está ahí?
— Ya le dije que no.
— ¿Ha salido?
— Ni idea.
— ¿Cómo que no va sabe si ha salido o no? ¿Tan grande es la casa?
— ¿Mi casa? No está nada mal. Ya quisieran muchos…
— ¿Qué es lo que quisieran muchos?
— Pues tener una casa como la mía. Ya quisieran muchos.
— ¿Cómo es?
— ¡Ah! Pues mire: tiene tres dormitorios dobles, grandes, y dos baños muy completos, muy muy completos, ya lo creo.
— ¿Y la cocina?
— ¿La cocina?
— Sí, la cocina.
— La cocina está entrando a la izquierda, al lado del comedor, eso es muy práctico.
— Sí, para servir.
— Eso. Mi amiga Juana, por ejemplo, tiene la cocina al otro lado de la casa y se da unas caminatas con la sopera llena, la pobre…
— Ya. Y lo peligroso que es eso. ¿Verdad?
— ¿Peligroso?
— Claro. Sobre todo si hay niños correteando por el pasillo.
— Pero Juana no tiene niños…
— Qué pena. Los niños son la alegría de la vida.
— Y que usted lo diga. ¿Tiene usted hijos?
— Qué va. Soy soltero. Pero soy el padrino de Lupita.
— ¿Lupita?
— Sí, Lupita, la sobrina de Charly. Es que soy íntimo amigo de su hermano.
— ¿De mi hermano?
— ¿De su hermano? Si yo a usted no…
— ¡Ah, claro! Qué tonta. Del hermano de Lupita.
— ¡No, no! Del hermano de Charly.
— ¿De Charly González?
— ¿Quién es Charly González? ¿El que vive con usted?
— ¿Charly? No. ¿Por qué iba a vivir conmigo? Conmigo viven mi esposo Jose y mi hijo Venceslao. Porque los otros tres, Pepe, Juan y Pedro ya se independizaron.
— ¿Pepe, Juan, Pedro y Venceslao? ¿Y por qué Venceslao?
— Porque es mi hijo pequeño. Tiene 16 años. ¿Dónde va a vivir si no, el pobre?
— No, si lo que yo digo es que ¿por qué se llama Venceslao?
— ¡Ah! Pues porque así le pusimos cuando lo bautizamos, Venceslao.
— Ya, ya imagino, ¿pero por qué ese nombre?
— ¿Y por qué no?
— Como los otros se llamaban Pepe, Juan y Pedro…
— Ya, pero había que buscar otro nombre, no podíamos repetir. Vaya lío habría sido. ¿No le parece?
— Sí, sí, si eso lo entiendo. Pero Venceslao, un nombre tan…
— No le gusta Venceslao, ya veo. Pero puede usted llamarlo Vence, si lo prefiere. A él no le importará, estoy segura, es de muy buen conformar el niño.
— No, si yo, por mí no…
— Sí, sí, no se preocupe, si ya hay algún otro que prefiere llamarlo Vence, no será usted el primero. ¿Y usted cómo se llama?, por cierto.
— Ernesto, para servirla.
— Vaya apellido más original.
— ¿Cuál?
— Paraservirla. Ha dicho que se llama Ernesto Paraservirla ¿no?
— Vaya idea. Me llamo Ernesto Sánchez, para servirla.
— ¡Ah! Paraservirla es el apellido materno. Pues hace bien en usarlo, porque Sánchez la verdad…
— Sí… Sánchez no es muy… ¿Y qué puedo hacer?, los apellidos no se eligen. Pero Venceslao, la verdad…
— Sí, si algo de razón lleva usted… pero ahora ya no lo puedo cambiar; además, si bien se mira, hay nombres peores.
— Por ejemplo…
— No sé…
— ¿Y usted cómo se llama?
— ¿Yo?, Alicia.
— Como la del cuento.
— ¿Qué cuento?
— Cuente lo que quiera.
— Pues un chiste. Yo no sé muchos, pero este lo contó mi marido el otro día y es muy gracioso, todos se rieron. Si quiere se lo cuento.
— Pues sí. Con mucho gusto.
— Bueno, con mucho gusto, no sé. Yo se lo cuento y usted decide si le parece que lo hago con gusto o no.
— Seguro que me parecerá estupendo.
— ¿El qué, el chiste?
— Y su forma de contarlo.
— ¡Dios lo quiera! Bueno, yo por probar, pruebo. A ver : Uno le dice a una Soy tu media naranja. Y ella le contesta Qué bien, tengo una media que habla. Y él le contesta Y con dos carreras.
— No lo pillo.
— Sí hombre. Uno le dice a una Soy tu media naranja. Y ella le dice Qué bien tengo una media que habla. Y él le dice a ella Y con dos carreras.
— Pero, ¿por qué naranja? ¿Por qué la media tenía que ser de color naranja?
— Eso no lo sé. Si quiere se lo pregunto a mi marido cuando llegue y luego le llamo a usted y se lo cuento.
— ¿Tardará mucho en llegar su marido?
— No, en general tarda poco. Sale de la plaza de Mayo, coge Gran Vía hasta paseo de las Acacias, luego en llegando a la plaza de la Villa tuerce a la izquierda por la calle… no recuerdo ahora…
— Será la calle Prim.
— No, la otra, la de la derecha.
— ¡Ah sí!, espere, espere que lo sé… ¡Príncipe de Asturias!
— ¡Exacto! ¡Muy bien, sí señor! Y allí a coge un taxi.
— ¿Allí? ¿Y por qué no lo coge en la plaza de Mayo?
— ¿El qué?
— El taxi. ¿Por qué no lo coge en la misma plaza de Mayo? Ahí hay una parada.
— No lo sé, no se lo he preguntado nunca, pero si quiere se lo pregunto también, de su parte. Y luego le llamo con las dos respuestas.
— Bueno, si no es molestia… solo por curiosidad, ¿sabe?
— No hay problema. A mí me gusta preguntar.
— ¿Ah sí?, pues si quiere preguntarme algo a mí…
— ¿No le importa?
— Que va. Pregunte, pregunte. A mí me encanta que me pregunten.
— ¡Oh, qué suerte!, porque a mí me encanta preguntar. Con mi marido me paso el día preguntándole cosas.
— Pues ande, pregúnteme algo, lo que quiera.
— Muy bien. A ver qué le pregunto… ¡Ya sé! ¿Qué tal está usted?
— Bien, gracias. Voy mejorando.
— ¿Estaba usted malo?
— ¿Quién yo? No. ¿Por qué lo dice?
— Como dice que va mejorando…
— Sí, poco a poco.
— Yo en cambio, no mejoro.
— ¿Está enferma?
— No, que va, estoy estupendamente.
— ¡Ah claro!, por eso será que no mejora, digo yo.
— ¿Puedo preguntarle algo más?
— Sí, sí, pregunte, pregunte. Pregunte usted todo lo que quiera.
— ¿Por qué no se ha casado?
— Es que de joven no pensaba en eso. Y ahora… ya me gustaría, ya, ya me gustaría.
— ¿No tiene usted novia?
— No. Tenía, pero me dejó.
— ¿Y por qué?
— Dijo que no me entendía.
— Vaya tontería. Sería una excusa. Yo le entiendo a usted perfectamente. ¿Era extranjera o qué?
— No que va. Era de aquí. Dijo que siempre me enrollaba y que la acababa mareando.
— Hay mujeres muy raras, si quiere que le diga la verdad.
— Eso pienso yo, pero ella decía que el raro era yo.
— Esa chica no le convenía. No se amargue por ella. Encontrará otra más normal.
— ¿Dónde?
— En la calle, por ejemplo. Ahí acostumbra a haber muchas.
— Sí, pero caminan muy deprisa.
— Ya… ¡Pero hay semáforos! Se pone usted en el paso de peatones y espera a que se ponga rojo. Ahí se pararán todas, ya verá.
— No es mala idea.
— Pruébelo y luego me cuenta. A ver si en un par de días tiene usted ya otra novia.
— Les diré que ha sido idea suya.
— Bien.
— Les diré: Me ha dicho Alicia que espere aquí, a ver si me caso. Ojalá encontrara a alguien como usted, Alicia. Usted sí que me comprende.
— Y usted a mí, y usted a mí, Ernesto. Mucho más que mi marido, ¿sabe? ¡Uy! Oigo la llave en la puerta. Será él que llega.
— Bueno, pues adiós. Llámeme con las respuestas.
— No, no cuelgue, Ernesto, no cuelgue. Si se espera un minuto le hago la pregunta ahora mismo y le cuento a usted la respuesta.
— Muy bien. Yo no tengo prisa.
— Hasta hora, pues, Ernesto.
— Hasta ahora, pues, Alicia.

………………….
…………………
…………………

— Hola, hola, ¿sigue usted ahí, Ernesto?
— Sí. ¿Ha hablado ya con su marido, Alicia?
— Sí sí, y ya le tengo la respuesta.
— Y qué, qué…
— Pues me ha dicho que no coge el taxi en la plaza de Mayo porque no le da la santa gana.
— Ah claro, si no le da la santa gana…
— Sí, es que es muy suyo él.
— Ya veo ya… ¿y de lo otro?
— ¿Lo otro? ¿Qué era lo otro?
— Lo del chiste. Que por qué la media tenía que ser de color naranja.
— Ay sí, qué despiste, me había olvidado de eso. Voy a preguntarle.

………….………
…….……………
…………………

— Hola, Ernesto. ¿Sigue usted ahí?
— Sí. ¿Qué ha dicho?
— Me ha dejado preocupada. Creo que tiene problemas graves y no me los quiere contar.
— ¿Por qué lo cree usted, Alicia?
— Se ha puesto a rezar.
— ¿A rezar?
— Si, a invocar a Dios. Y eso que él no…
— ¿Y que le decía?
— Decía: Ay Dios mío, Dios mío, pero ¿qué he hecho yo para merecer este castigo, Dios mío?
— Pues sí que parece algo grave. ¿Por qué no le pregunta?
— ¿Y qué le pregunto?
— Pregúntele que a qué castigo se refiere.
— Ah, claro. Voy.

….………
…………
…………

— Ernesto. ¿Sigue usted ahí?
— Sí, sí, Alicia. Esperándola.
— ¡Ay qué bueno es usted, Ernesto! Si todos los hombre fueran como usted…
— Y usted Alicia, usted sí que es buena; más que buena, buenísima. ¿Qué le ha contestado su marido?
— No me lo ha querido contar, pero ha de ser algo realmente grave.
— ¿Por qué, qué ha dicho?
— Ha dicho: Esto es horrible, es espantoso no puedo más no puedo más. Y lo ha dicho chillando, y se ha puesto colorado como un tomate y ha arrojado contra la pared el vaso de agua que estaba bebiendo. Me da mucha pena.
— Debe de ser terrible. Pues yo, fíjese, si estuviera casado con usted sería tan feliz que nada ni nadie me iba a hacer sentir desgraciado.
— No diga eso por favor Ernesto, que me ruborizo…
— Es que es usted maravillosa, Alicia
— Y usted también. ¿Qué edad tiene usted, Ernesto?
— Cincuenta y cinco años, Alicia.
— ¡Oh!, igualito que yo. Yo soy virgo. ¿Usted de qué signo es, Ernesto?
— ¡Pues Virgo, igual que usted, Alicia! Nací el 30 de agosto.
— ¡¡No me lo puedo creer!! Yo también nací el 30 de agosto. A las cuatro de la madrugada.
— ¡¡¡Yo también Alicia, querida, nací a las cuatro en punto de la madrugada!!! ¡Nacimos en el mismo instante! ¿Se da cuenta?
— ¡Sí, Ernesto, querido, en el mismo instante!
— Estamos hechos el uno para el otro, Alicia. La amo.
— ¡Oh Dios mío! Y yo a usted. Pero no tengo derecho, y menos ahora que mi marido tiene tantos problemas…
— Es cierto, no debemos de ser tan egoístas. Hay que saber qué es lo que le ocurre al pobre hombre.
— Voy a preguntarle. Le diré: Jose, cariño, por qué has tirado el vaso de agua y por qué te has puesto rojo. ¿Le parece a usted bien, Ernesto?
— Sí, ve. Ve, Alicia, amor mío.

…………………………
…………………………
…………………………

— Ernesto, cariño, ¿sigues ahí?
— Claro que sí Alicia, amor. ¿Qué te ha dicho?
— Me preocupa cada vez más. Me ha dicho que a la próxima pregunta que le haga se va a ir a ver a un abogado.
— ¿Y para qué va a ir a ver a un abogado?
— No lo sé. ¿Se lo pregunto?
— Claro, Alicia, querida, hay que aclarar este misterio.

…………………………
…………………………
…………………………

— Ernesto, cariño, ¡me ha abandonado! Me ha dicho: ¡Para divorciarme de ti, que no soporto ni un minuto más tus preguntas! Y se ha marchado dando un portazo. Es horrible, ¿no? Es espantoso, increíble. Después de tantos años…
— ¡Qué va! ¡Todo lo contrario! ¿No te das cuenta, Alicia? Os vais a divorciar. ¡Somos libres! ¡Podremos amarnos a la luz del sol!
— ¡Oh!, es verdad. No había caído: si se divorcia él también me divorcio yo, ¿verdad, amor mío?
— Claro que sí. Y te casarás conmigo. Voy a tus brazos ahora mismo, Alicia de mi vida.
— Sí, ven Ernesto, adorado. Ven a mis brazos.
— Voy volando. ¿Dónde vives, Alicia mía?
— En la calle de las Nieves, amor.
— ¡Yo también! Yo en el 333 ¿Y tú?
— ¡Yo también! ¡Es increíble!
— ¡Increíble del todo! ¿En qué piso vives?
— En el tercero.
— No serás la del tercero C, esa señora tan guapa…
— Esa soy yo, la del tercero C y tú no serás el del segundo…
— Sí, el del segundo C.
— ¡Oh! ¡¿Ese eres tú?! ¡Me gustas mucho, Ernesto! Siempre me has gustado. Te adoro. Ábreme la puerta que bajo y me lanzo a tus brazos.
— Si amor de mi vida, ven corriendo, y en cuanto podamos nos casamos.
— Sí, cuanto antes, mi vida. Ya no hace falta que busques en los semáforos.
— Corre, corre, ven, que estoy en mi puerta, esperándote.
— Ya corro, ya corro… ¡Oh! Ya te veo, ya te veo, pasión de mi vida.
— ¡¡Au!! ¡Qué golpe, amor!…, pero… qué piel tan suave… mmm… y qué labios tan dulces… ¡Oh, Alicia…!
— Mmmm… ¿Te gusto amor?
— ¡Sí! Mmmm.
— Mmmm ¿Te gusto mucho?
— ¡Sí! Mmmm.
— Mmmm ¿Me quieres?
— ¡Sí! Mmmm.
— Mmmm ¿Será para siempre, verdad mi vida?
— ¡Sí! Mmmm.
— Mmmm ¿Entramos y…?
— ¡Sí! Mmmm.
— Mmmm ¿Dónde está tu dormitorio, vida mía?
— ¡Allí! Mmmm.
— Mmmm ¿Nos desnudamos?
— ¡Sí! Mmmm.
— Mmmm ¿Te gusta que te pregunte, verdad, amor?
— ¡Oh síiiiiiiiii! Mmcnta. Mmmm.

TELÓN